Camino al indio

Por Leandro Alba*

9.30. No puede ser. Miro el reloj de nuevo.

9.31. Soy un boludo. Me lo confirma una amiga: “Te quedaste dormido, BOLUDO”.

Ella ya está en viaje a Olavarría.

A la noche te veo allá”, le escribo en el WhatsApp. “No llegas, boludo”, insiste.

Me pongo lo primero que veo. Agarro el morral, que pesa bastante. Le mando un mensaje a casi todos mis contactos. Les miento: tuve un problema con el transporte. “No”, “Ya salimos, Lea”, “Te quedaste re dormido, ¿no? Qué boludo”.

10.30. Liniers. Llego a la terminal de micros en la localidad límite entre Ciudad de Buenos Aires y la provincia. Recorro las ventanillas de todas las empresas. Nada. Una piba de rastas me imita.

“Olavarría agotado”, dicen los carteles. Ese era mi destino hoy a la mañana. Lo único que sé de Olavarria es que es una ciudad de la provincia de Buenos Aires que queda a cinco horas de Capital Federal. Hace 16 años que el Indio toca en el interior de la provincia y este podría ser su último recital. Me imagino en casa viéndolo por la tele. Dos golpecitos en el hombro me traen a la realidad.

—¿Vas a Olavarría? –me pregunta la chica de rastas.

—Si, pero no hay pasaje. Me quiero matar. Nunca lo vi, ya está, ya fue.

¿Porqué carajos le cuento esto a una desconocida?, me pregunto.

La chica prende un pucho, se ata las rastas y llena los pulmones de humo. Como una feligresa, que a punto de comenzar una larga peregrinación, dice:

—Soy Angie y te prometo que hoy conoces al Indio. Hay gente con remera de los Redondos frente a la estación, deben ir en combi. Son bocha, vamos a ver qué onda.

10.45. Liniers. Un grupo espera el colectivo 88 que va a Cañuelas, una localidad a dos horas de acá y más cerca de Olavarría, creo. “Nosotros vamos en bondi, ¿vienen?”, nos dice uno mientras circula el fernet. Le pego un trago, como el devoto que se inicia en una ceremonia.

12.30. Virrey del Pino. Me doy cuenta que no sé bien dónde queda Olavarría.  El que más agita del grupo es Formosa. Vino solo para ver al Indio. “Vuelvo del recital y sigo buscando laburo”. Angie le cuenta que la rajaron de un bar. Era moza. Se había pedido el finde, por el show. “Tomate los que quieras”, le dijeron. Se acerca Tatuaje. Tiene todo el cuerpo escrachado con un pulso dudoso. Cada tanto, se agacha y se mete tirito. “Esta semana me pasaron todas; enterré a mi hermano, fui en cana-como testigo, eh- y me cagaron con la combi”.

13.20. Cañuelas. Con Angie nos separamos del grupo porque caminan lento y así no van a llegar muy lejos. Se nos suma Lucas. Lo bautizamos Cable. Es largo y morocho. Hacemos dedo en medio de la ruta. Para un camión. Subimos. En el camino, el chófer cuenta que tuvo sus años de fanatismo. Después le canta a Angie Luna Cautiva. Una hora más tarde nos pide que bajemos: necesita dormir.

15.00. De nuevo en la ruta, Cable pone música con el celular. Parece que en el final no me saldré con la mía mi amor. La piba de rastas se frota las manos y lleva las palmas al sol. Dice que carga energía. Para un camión con arena. Nos subimos en la caja. Llueve. Somos milanesa. Se suma una pareja. Buscan un papel para armar. Soy el único con morral. Pesa. Me fijo qué tengo. Medio kilo de Kerouac. Rompo una hoja de En el camino.

16.00. El camión nos deja a 120 kilómetros de Olavarria. Cable y su música. Ya sufriste cosas mejores que éstas y vas a andar ésta ruta, hoy, cuando anochezca. Somos cinco. Angie quiere trotar, porque no nos da el cuerpo. Cae sobre el barro. Nos mostramos los dientes con un humor salvaje. Cable pone play. Risas que duelen.

17.15. Un remis nos lleva hasta un cruce donde hay más tránsito. Hacemos dedo. Un Peugeot 505 se lleva a Angie y la pareja. Quedamos Cable y yo.

18.00. Seguimos en la ruta. El que abandona no tiene premio.

19.00. Un tipo y su hija nos levantan en una Renault Duster. Faltan 40 kilómetros.

20.00. Bluuuum. “¿Qué pasó?” “¿Están bien?” “Nada, hija. Nos chocaron”. Bajamos. La camioneta está impecable. El de atrás está destrozado. “El seguro no te cubre, porque me chocaste de atrás”.

21.00. Dejamos el coche a diez kilómetros. Hay trapos por todos lados. Banderas en mi corazón. Lo pierdo a Cable. Se llevó el Legui que habíamos comprado juntos. Camino lo que falta.

21.30. Olavarría. Esta vez, por fin, la prisión te va a gustar. Estoy adentro. Abrazo a cualquiera. Miles de voces se pierden en un coro fieles.

03.30. Encuentro a mi amiga y me vuelvo con ella. En el camino, me empiezan a entrar mensajes: ¿Estás bien? ¿Estás bien? ¿Estás bien? Dicen que murieron 7 personas. Los medios dicen que son, mínimo, 10. Me pregunto por Angie, por Cable, por la pareja. El chofer apaga las luces. Me pongo los auriculares. Violencia es mentir

Marzo 2017


*Leandro Alba es periodista. Colaboró en Cosecha Roja, Perfil, Notas.org y La Granada. Es editor de Sociedad en el períodico impreso El1 Digital (UNLaM) y su versión digital.