CATALUÑA ROJA Y AMARILLA

Por Agustina Grasso

Cuenta la leyenda que un día del siglo IX D.C., en una tierra hoy conocida como Cataluña, España, el rey Carlos el Calvo de Francia Occidental introdujo cuatro dedos de su mano en las heridas de Wifredo el Velloso, conde de Barcelona. Con las yemas embebidas en sangre dibujó en la pared de su estancia cuatro líneas como marca de triunfo para sus descendientes.

Muchos se contentan con esta historia dantesca que marcaría el origen de la bandera catalana (cuatro líneas rojas sobre un fondo amarillo), aunque hay otros que no: dicen que el rey Carlos no era contemporáneo de Wifredo el Velloso. Y en ese momento -y antes y después- es cuando comienzan las dudas. La única verdad parece ser que siglos atrás, en la región, era común que haya combates reales por los territorios. Era común que haya muertes y sangre.

Hoy, doce siglos más tarde, Barcelona, capital de Cataluña, continúa siendo escenario de disputas. El bando del sí se enfrenta al del no. ¿Debe ser Cataluña un Estado independiente del resto de España? El 9 de noviembre de 2014, conocido como 9N, los catalanes por primera vez en la historia respondieron a la pregunta en una consulta.  Esta crónica comienza dos meses antes del voto.

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En septiembre de 2014, la vida en Barcelona parecía ser la misma de todos los días: decenas de turistas caminaban por las ramblas, perros viajaban en los subtes con sus dueños, autos dejaban siempre el paso a los peatones y montes que rodeaban la ciudad, el Montjuïc y el Tibidabo.

Pero ese arcoiris de cotidianeidad en ciertos barrios y edificios se volvía más bien monocromático: telas amarillas con cuatro rayas rojas horizontales abrazaban los balcones. Otros, colgaban banderas, inspiradas en la cubana, ya que contra un lateral tenían un triangulo azul con una estrella blanca.

—Esa es la bandera independentista -dijo una joven catalana desde su balcón de un edificio del barrio de Gracia en Barcelona una tarde a principios de septiembre de 2014- La gente quiere votar y no la dejan. En tres días se festeja el 11 de septiembre, el día nacional de Cataluña, conocida como la Diada, y van a venir catalanes de todas las provincias en buses. Se espera mucha gente y va a ser una demostración de que se quiere votar.

Votar. Votar. Votar. Votar. Votar. Votar. Votar. Votar.

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España está divida en diecisiete comunidades autónomas, de las cuales una es Cataluña con gobierno y representantes propios. Cataluña podría decirse que es la punta superior derecha de España: está situada al nordeste de la península ibérica, al este con el mar Mediterráneo y limita al norte con Francia. Es un territorio de más de siete millones de habitantes divididos en cuatro provincias: Barcelona, Girona, Lérida y Tarragona.

Ese jueves 11 de septiembre de 2014, más de un millón y medio de personas llegaron desde todas las provincias a Barcelona. Desde temprano, se veían hombres y mujeres, con niños o con sus perros, con las caras pintadas y con banderas, caminando por las calles y vistiendo camisetas rojas y amarillas con la insignia “ara és l’ora” (ahora es la hora): la hora de votar. 

A las 17.14 empezó el acto: las dos mayores avenidas que cruzan toda la ciudad, Diagonal y Gran Vía, como dos grandes cadenas rojas y amarillas en forma de V, estaban repletas de manifestantes, que previamente se habían inscripto por Internet para obtener su lugar sobre el asfalto.

La Diada conmemora el triunfo de las tropas franco-españolas del rey Felipe V en 1714, durante la Guerra de Sucesión Española, que pusieron fin a la autonomía de Cataluña. Es decir, hace 300 años que recuerdan haber perdido la independencia.

—Queremos que 2014 sea inmortalizado por recuperarla -fue una de las frases que se escuchó por los altoparlantes y que perteneció a Carme Forcadell, la presidenta de la Asamblea Nacional Catalana (ANC), una de las organizaciones civiles, junto a la Òmnium Cultural, que promueven el plan soberanista y que dieron mayor fuerza en los dos últimos años al reclamo de votar.

Estas asociaciones estuvieron prohibidas, junto a otros hechos como hablar catalán, durante la dictadura de Francisco Franco, que sucedió en España desde 1936, los inicios de la Guerra Civil Española, hasta 1975 con la muerte del dictador.

En los comercios y en las calles de Barcelona, la gente habla catalán y castellano. Pero durante el acto se escuchaban sólo voces en catalán: “Volem ser lliures”, (queremos ser libres) “que ens deixin parlar el nostre idioma” (que se nos deje hablar nuestro idioma), “que es respecti la nostra cultura” (que se respete nuestra cultura), “que volem callar” (que no nos hagan callar), “que no ens robin” (que no se nos robe).

Es que Cataluña por ser un gobierno autónomo tiene amplias cotas de autogobierno en educación, sanidad y seguridad, acordadas en el estatuto de autonomía regional aprobado en 2006. Los últimos años con el gobierno del actual presidente español, Mariano Rajoy del Partido Popular, ese presupuesto disminuyó: en las calles muchos reclaman que se pague lo debido.

Las calles durante la hora que duró el acto estuvieron colmadas de manifestantes rojos y amarillos. Antes de que terminara el acto, armaron castellers (torres humanas típicas de los festejos catalanes de la Edad Media, con niños en sus cúpulas) y cantaron el himno de Cataluña.

Luego las columnas comenzaron a dispersarse, pero en el aire quedó flotando el mensaje: “volem votar”.

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—El referéndum por la independencia, 9-N-2014, 300 años después de 1714, es la consecuencia de una historia de muchos años de reivindicación que tiene a la Renaixença, recuperación cultural de una nación en su base -manifiesta Albert G. Melero, profesor de historia de escuelas públicas secundarias en Cataluña.

— ¿Qué es la Renaixença?

— En el siglo XIX, con la aparición de los movimientos nacionalistas en todo Europa (Italia y Alemania, principalmente) y con el movimiento cultural del romanticismo que recupera el arte, la cultura  y la tradición de la Edad Media, Cataluña inicia un renacimiento cultural, la Renaixença. Este movimiento busca recuperar la lengua catalana, el arte románico y gótico típico de Cataluña medieval y la mitología catalana. También se recupera la historia de la derrota de 1714. En esa misma época, la burguesía catalana sentará su poder económico gracias a los telares y carbón traídos de Inglaterra. Es a partir de esta Renaixença y está revolución económico/burguesa/cultural que nace el nacionalismo catalán y el anhelo de independencia. También en 1898, por la guerra de la independencia  cubana de España, los catalanes se empiezan a preguntar si los cubanos se han independizado ¿por qué no podemos los catalanes?

Albert G. Melero continúa hablando, nombra el inicio del movimiento independentista catalán, el partido E.R.C, que luego unirá a sectores del obrerismo nacido de la revolución industrial inglesa; socialismo y anarquismo; de los dirigentes de ERC, Francesc Macià y Lluís companys, que declararon en 1931 la república independiente de Catalunya, que duró sólo unas horas, desde la plaza Sant Jaume de Barcelona. Y hasta del fusilamiento en el Castillo de Montjuïc, durante la dictadura franquista, de Luís Companys, presidente de la Generalitat de Catalunya desde 1934 a 1940.

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Los días posteriores a la fiesta, el foco continuaba siendo el 9N. Las tapas de los diarios, los vecinos en los ascensores, los profesores en las universidades, los periodistas en los talk shows y los comerciantes no paraban de hablar de ese día que había sido previsto por la Generalidad, el gobierno autonómico de Cataluña, hacía más de dos años, como el día de “la consulta popular sobre el futuro político de Cataluña”.

La idea originaria del 9N era que los catalanes participaran de una consulta para que pudieran emitir su voto a favor de si querían que Cataluña fuera un Estado independiente de España. Una idea que a partir de 2012 fue fuertemente fogueada por el presidente de la Generalidad Artur Mas, dirigente del partido Convergencia Democrática de Cataluña (CIU) de ideología nacionalista catalana, cuyo predecesor fue el famoso Jordi Pujol, quien durante 23 años desempeñó el cargo de presidente de la Generalidad de Cataluña y ahora está acusado de blanqueo de dinero y dos de sus hijos imputados por diferentes casos de corrupción.

— ¿Y desde cuándo existe la idea de Cataluña como nación y desde cuándo los catalanes se consideran una nación/cultura diferente?

—A partir del siglo X nacen diferentes lenguas en la Península Ibérica, como portugués, catalán, vasco y gallego principalmente. Hasta ese mismo siglo, Cataluña norte era francesa, mientras la Cataluña sur, musulmana.  Pero en el norte, el rey francés Carlomarco, del imperio carolingio, que dominaba media Europa, le cede la administración de Barcelona y la declara capital condal del resto de condados (Gerona y Besalú). En ese momento es cuando se redactan unas primeras leyes propias (leyes legislativas del mar y la tierra diferentes de las de Castilla, por ejemplo). El territorio se articula y se une políticamente y administrativamente bajo el condado de Barcelona. Por lo cual, se puede hablar de una primera unión e independencia política pero de Francia, no de España.

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Un continuo tira y afloje fueron los meses que siguieron a la Diada hasta el esperado 9N. Si habría que formar dos equipos con las frases que se escuchan por las calles sería muy sencillo diferenciar un bando del otro.

La hinchada del NO: que el tema de la independencia sirve para tapar otras cuestiones del gobierno; que no piensan votar hasta que haya un aparato legal que lo ampare; que es un reclamo de derecha; que el nacionalismo les suena a conservador; que es un tema meramente económico; que de esto sacan rédito los políticos.

La hinchada del SI: que votar es defender la democracia; que hace años que se viene luchando por esto; que es una revolución pacífica; que ser independentista no quiere decir que se sea nacionalista; que es un tema cultural, de defensa de costumbres, de idioma, de respeto por las tradiciones y de principios diferentes a los del resto de España; que es un tema de defensa de la historia, de recuperar una tierra que alguna vez fue suya, de respeto por las leyes del autogobierno que no se cumplen.

Y si habría que dibujar una cronología del plano político durante los meses previos al 9N, sería así:

Que la consulta sí, que la consulta no.

Que el gobierno nacional de Mariano Rajoy logró que el Tribunal Constitucional  impugnara la consulta, que Mas la haría igual pero de manera alternativa, es decir, sin validez legal.

Que el resto de los partidos que apoyaban la consulta se aliaban con Mas, que después no.

Que un día aparecían los árboles con cintas de plástico atadas alrededor, que al día siguiente no.

Que la última semana, a eso de las diez de la noche, vecinos se asomaban a sus ventanas para golpear sus cacerolas para que sí, que otros gritaban que no.

Que sí, que el 9N habría una consulta alternativa llevada adelante por gente voluntaria, es decir que no habría un aparato judicial que lo validara.

Que sí, que no. Que sí, que no.

Que sí.

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Para comprender el crecimiento del independentismo también se puede viajar a una historia un poco más reciente: la manifestación del 10 de julio de 2010, en la cual cientos de miles de personas tomaron las calles del centro de Barcelona, incluidos el entonces presidente de la Generalitat José Montilla, los expresidentes Jordi Pujol y Pasqual Maragall, y los líderes de los cuatro principales partidos convocantes: PSC, CiU, ERC e ICV.

Ahí empezó la condensación. Ahí tomó forma el català emprenyat. Y desde entonces su enfado no ha dejado de crecer, fueron las palabras de Enric Juliana, un reconocido periodista de Cataluña en un artículo publicado en el periódico La Vanguardia, el 12 de septiembre de 2012.

¿A qué se debió el enojo? A la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña de 2006: a la presentación del recurso de inconstitucionalidad interpuesto por el Partido Popular de Rajoy sobre 114 de los 223 artículos del Estatuto de Autonomía de Cataluña de 2006.

“Aunque se trataba del Estatuto, los gritos y los carteles que predominaron fueron en favor de la independencia de Cataluña”, remarcó un artículo de La Vanguardia del día siguiente a la manifestación de rechazo a la sentencia bajo el lema “Som una nació. Nosaltres decidim” (‘Somos una nación. Nosotros decidimos’).

Cataluña desde 1979 posee un Estatuto de Autonomía que es el que legitima la autonomía y los márgenes del autogobierno en este territorio. Pero, en 2006, se aprobó uno nuevo por parte del Parlamento de Cataluña y las Cortes Generales, que el 18 de junio del mismo año, se sometió a un referéndum popular:  con un 48,85% de participación catalana, el 73.24% dijo sí a los cambios. Pero el PP lo impugnó delante del Tribunal Constitucional. “Y ese es el punto de partida de todo el follón”, explica una politóloga catalana. Vale aclarar que en ese entonces el partido formaba parte de la oposición ya que el presidente era Zapatero.

Finalmente fueron 14 los artículos declarados inconstitucionales. Los mismos estaban relacionados con la lengua, el Consejo de Garantías Estatutarias, las funciones del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña,  las competencias compartidas entre el Estado y la Generalidad de Cataluña en materia de crédito, banca y seguros, entre otras cuestiones. Por ello, el Estatuto, hasta el día de hoy, quedó como el Tribunal ordenó.

Con el paso de los años, al festejarse la Diada de Cataluña en 2012, según Enric Juliana, adjunto a la dirección de La Vanguardia, se observó un espíritu más independentista que nunca.

Para el periodista y filósofo Josep Ramoneda, el resurgir del independentismo catalán se debió a la gestión del Estatuto, la crisis económica y el cambio generacional de la clase política y del movimiento social: “En los últimos treinta años se ha vivido un enorme cambio en la sociedad catalana, con una generación formada en escuelas en catalán, que creció con el concepto de Cataluña como nación y que no arrastra ningún fantasma ni corsé de la Transición, como el miedo al Ejército o la solidaridad forzada con el resto de demócratas de otras partes del Estado”.

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El día tan esperado, al fin, llegó. Para algunos, la expectativa del 9N podía comparar con la final de la Champion League. Soplaba un aire fresco, como para una campera rompe viento o un saquito de lana. En las calles no había mucha gente, salvo turistas que seguían paseando por la rambla, niños en los sube y baja de las plazas, mujeres con baguetes debajo del brazo y empleados de la Generalitat con chaquetas blancas y verdes baldeando las veredas con camiones hidrantes.

Este domingo por la mañana, 25 años atrás, había pasado a la historia por la caída del muro de Berlín, hoy en Cataluña estaban haciendo su propia historia, al menos eso repetían varios. Si bien muchos temían incidentes y hasta les recomendaban a los turistas que tuviesen cuidado, esa historia no veía a simple vista. Había que adentrarse en los rincones de la ciudad para descubrir a los voluntarios que iban a las escuelas a votar. En algunas calles, había largas filas de más de tres cuadras de gente con camisetas rojas y amarillas esperando para ingresar a las escuelas del padrón.

Dentro de los colegios, no había cuarto oscuro, sino salones amplios con mesas, donde podrían comer diez personas, con sobres y papeles que hacían dos preguntas: “¿Quiere que Catalunya sea un Estado?” y “En caso afirmativo, ¿quiere que sea un Estado independiente?

Los votantes, en medio de la sala, marcaban cruces en el papel, que luego metían en el sobre y se dirigían a otras mesas de alrededor, donde había voluntarios que chequeaban su identidad con el DNI y una notebook, para acabar el ritual: meter el sobre dentro de una urna de cartón.

Entre los participantes había mucha gente mayor: una mujer en silla de ruedas, con lágrimas en los ojos, que esperó 80 años para este momento, “desde la dictadura de Franco”. Otro hombre más joven, con congoja y muletas: “es un día histórico”. Otro de 30 años “pues no me importa que esto no sea legal, es un acto de democracia”. Un chico de 16, “estoy feliz porque es la primera vez que puedo votar”, mientras su padre le sacaba una foto con su celular.

Fuera de la escuela y de las largas colas, las calles seguían solitarias. En la plaza del Parlament, en el parque de la Ciudadella, sólo se escuchaba el cantar de los loros sobre los árboles pelados del otoño. Nadie entraba, ni salía del edificio. En el barrio Gótico la gente se tomaba fotos sobre la Catedral y lo mismo pasaba frente a la Sagrada Familia. Sobre la avenida Jaume I un hombre le decía a otro: “mirá la calle, no hay nadie. Ya veo que El Mundo o El País ahora titulan que hubo disturbios”.

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Al otro lado de la ciudad y al anochecer, debajo de las escalinatas y fuentes de la majestuosa plaza España, había montada una carpa blanca. A las diez y media de la noche, un grupo de más de treinta periodistas con teléfonos celulares y cámaras reflex se abalanzaron contra la puerta: Artur Mas, el presidente de la Generalitat, había llegado para dar la tan esperada conferencia de prensa. Todos querían su foto. 

Con un porte similar al de una figura de cera, Mas entró como un león triunfante a la Fira de Barcelona. Dio unos pasos y se detuvo. Posó varios minutos para las cámaras.

-Artur -le gritó uno por detrás. El rey de la selva giró medio cuerpo, lo miró fijo y sonrió.

Click.

Luego continuó caminando por la sala. Se subió al escenario e hizo lo suyo: habló ante el público. Dio un discurso en catalán, el mismo en castellano y un resumen en inglés. Dijo cosas como que la jornada fue un éxito y que Madrid debería escucharlo (por Rajoy). Joana Ortega, la vicepresidenta de la Generalitat lo acompañaba, a su lado, casi sin moverse, sólo sonreía. Más tarde dio los resultados estimativos.

Un 80,72% de los votantes dijo sí.

Es decir, más de dos millones de los 7,5 millones que viven en Cataluña dijeron sí.

Artur Mas rugió.

 

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Al día siguiente, sobre la casa de Gobierno de la Generalitat un grupo de hombres y mujeres hablaban por megáfono, se dirigían a Mas, sostenían banderas en reclamo a un centro de salud que hace un año privatizaron. Todos los lunes reclaman aquí y frente a la casa de Mas.

— ¿Sabes lo que pasa? Se llenan la boca hablando de la independencia, pero hay temas que se tapan como este: el recorte en salud ¿De eso quién habla? -dijo un hombre mayor con lágrimas en los ojos.

Los meses pasaron y se continuó hablando del 9N, pero ya con menos fervor. Las tapas de los diarios empezaron a tratar otros temas, los vecinos conversaban del clima en los ascensores, los profesores casi no nombraban el 9N en sus clases, al igual que los periodistas en los talk shows o los comerciantes. Sin embargo, el tira y afloje entre Mas y Rajoy continuó. Hasta en su discurso navideño, el rey español Felipe VI, dejó en claro su postura sobre Cataluña: “Millones de españoles llevan, llevamos, a Cataluña en el corazón. Como también para millones de catalanes los demás españoles forman parte de su propio ser. Por eso me duele y me preocupa que se puedan producir fracturas emocionales. Nadie en la España de hoy es adversario de nadie”.

Así fueron los días aquí en Barcelona: rojos y amarillos. 

Fotografías: Agustina Grasso

septiembre 2015

Crónica publicada en el medio mexicano Lo Político.