Pasado robado

Pasado robado

César Sebastián Castillo no es uno de esos hombres que pasa desapercibido. Es un tipo alto y morrudo. Su físico no es un detalle menor. Desde que nació se convirtió en su marca y pista. Sus padres eran distintos a él, petisos y de contextura pequeña. Nunca se animó a preguntarles directamente si era adoptado. Pero esa era una de las razones que lo hacían dudar acerca de su identidad. Por eso siempre había estado atento a todos los datos que le daban sobre su infancia. La partida de nacimiento le parecía confusa y en su mismo edificio vivía un Coronel que lo miraba raro. Poco a poco fue atando cabos.

Mientras tanto su vida seguía de largo, terminó el colegio, trabajó para una cervecería de primera línea y pensaba en irse a vivir a Brasil con su pareja de aquel momento. Hasta que un día del año 2002, cuando tenía 25 años – ahora tiene 35–, tomó aire y se animó a tocar el timbre de la sede de Abuelas de Madre de Plaza de Mayo, esa institución argentina que lucha por localizar y restituir todos los niños secuestrados y desaparecidos por la última dictadura militar a sus verdaderas familias. Después de un año de búsqueda, descubrió que había una familia que estaba investigando su paradero. Le hicieron un análisis de sangre, gracias al cual descubrieron que su verdadero padre era morrudo, alto y militante del movimiento armado de izquierda Montoneros, una agrupación que durante la última dictadura buscó desestabilizar al gobierno de facto.

—Mi viejo se llamaba Horacio y lo asesinó la triple A (Alianza Anticomunista Argentina) en Córdoba antes de que yo naciera. Mi mamá al tenerme y enterarse que era varón, me puso Horacio.

A partir del instante en que se enteró su verdadero nombre, César se convirtió en Horacio con doble apellido: Pietragalla Corti, por su padre y su madre. Desde ese día, su edad tampoco fue la misma. Su partida de nacimiento era falsa, por lo cual pasó a tener dos años más de lo que las velitas de cada festejo de cumpleaños indicaban.

Ese mismo año, enfrentó a sus padres adoptivos. Descubrió que cuando su madre se hizo cargo de él, trabajaba como empleada doméstica del militar que “había conseguido un bebé para un familiar”. Como este hombre se había arrepentido de ello y no sabía qué hacer con el bebé, esta señora –que más tarde se convertiría en su madre– se lo pidió. Con toda esta información nueva sobre su identidad, Horacio dejó su trabajo, su novia y se fue de viaje. Cuando volvió, empezó a militar para el Frente para la Victoria: ahora es diputado nacional.  Pero antes se enteró que en 1977 su mamá biológica, después de la muerte de su marido, pasó a vivir en la clandestinidad con otras personas en una casa de Barrio Norte. Una tarde, a dos meses del nacimiento de su bebé, los militares entraron a esa vivienda. Mataron uno por uno a todos los que había allí. La última fue ella porque estaba escondida en la bañadera, abrazando a ese pequeño hijo que más tarde le arrebataron. 

Mabel

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