Norita

Norita

Está sentada, sonriendo. Esperando. Está sobre una banqueta y no para de hablar por celular. Cada vez que me la cruzo me da la sensación de que vive en cámara rápida. Dice que sí, que acepta la invitación, pero cuando vuelva de viaje. Trato de hacerme la que no escucho su conversación, miro para otro lado; aunque mis sentidos están puestos en ella. Tampoco es que la cerrajería de "Omi" sea tan grande: de un lado del mostrador estamos nosotras, Norita y yo. Del otro, "Omi", un hombre grandote con la punta de sus dedos plateados. Mientras lo observo trabajar, imagino que lo metalizado de sus dedos se asemeja a un polvo de otro planeta, aunque sean sólo restos de llaves de esta tierra.

Esta tierra es Castelar, una especie de princesa del conurbano. Un suburbio de la zona oeste de la provincia de Buenos Aires con muchas casas lindas y pocas avenidas: una de ellas es Alem y sobre Alem está la cerrajería de Omi. Es sábado y hay menos movimiento en las calles que un día de semana. Omi le está terminando de hacer unas copias de llaves a Norita, mientras yo espero: quiero averiguar para hacer también copias de llaves, pero para un candado.

La primera vez que la vi, casi diez años antes que esta tarde, no comprendía bien su historia, más bien no la conocía. No se trata de justificar mi ignorancia, tan sólo contarla: en la escuela de monjas a la que fui no se ahondaba sobre las dictaduras. Cuando terminé la secundaria, a los 17 años, Nora me abrió las puertas de su casa, dejó que me sentara en un sillón de su comedor y que la entrevistara para un trabajo.

El tiempo pasó y volví a cruzármela: fue en un vagón de subte de la línea A. Ella bajaba en Piedras y yo la seguí como una paparazzi o más bien, una groupie. Quería hablarle, decirle algo. La miré, la salude y le dije que la felicitaba por su lucha. Ella me dijo si, si, gracias nena, estoy apurada, llego tarde. Cruzó, vertiginosa, Avenida de Mayo por el medio de una cuadra. Seguramente no se acordaba de esa tarde en que estuve sentada en su sillón.

Esa tarde, esta hermana de cinco mujeres, hija de un imprentero machista y que aprendió a coser por carta, me contó que llegó a Castelar a los 20 años (ahora tiene 84), cuando se casó en 1950 con su novio, Carlos Cortiñas, quien tenía una casa en Castelar, la princesa del oeste. Después llegaron los hijos: Gustavo, el mayor, y Marcelo, el menor.

—Es una ciudad muy linda, y aunque por momentos es bastante hermética, la gente se preocupa por el otro -me dijo esa tarde.

El tiempo pasó y después volví a cruzármela. Fue en la fila de un banco que se caracteriza por tener a varios jubilados como clientes y si aún uno no es jubilado, el tiempo bancario se encarga de que te jubiles ahí dentro, esperando. Ese día, mientras aguardaba, detrás mío escucho una voz finita de tono alto:

— Siempre lo mismo en este banco ¿No piensan en la gente?

Me doy vuelta y ahí estaba ella, menudita, petisa de rulos grises: Nora, Norita.

Esa Norita cuyo hijo mayor era Gustavo, un ex estudiante del colegio Inmaculada Concepción de Castelar, que en los años 60, comenzó la carrera Administración de Empresas en la Universidad de Morón. Gustavo, que militó en la Juventud Peronista, fue miembro de Montoneros y después se alejó: no soportaba los políticos que acompañaban al ex presidente Juan Domingo Perón, según me contó Norita esa tarde en el comedor de su casa.

Gustavo, quien a los 21 años, dejó la universidad, se casó con Ana y tuvo un hijo. Gustavo, el que después con un grupo de jóvenes de la Villa 31 de Retiro, con el Padre Mujica a la cabeza, hacía trabajo social. Gustavo, el que luego del asesinato del sacerdote, se fue a trabajar a la zona oeste del conurbano, al Barrio Carlos Gardel y San Juan. 

Gustavo, el que el 15 de abril de 1977, en la mismísima estación de trenes de Castelar,  fue secuestrado por miembros de la dictadura militar y hasta el día de hoy está desaparecido.

Gustavo...

El azar o el destino volvió a hacer que después de la situación del banco de Castelar, me cruzara otra vez a mi vecina en una provincia que queda a 1.100 km. de nuestra ciudad. Yo había ido a hacer una nota a Formosa por la Cumbre de Pueblos Indígenas de Argentina y ella a apoyar la lucha de los pueblos originarios.

—Recién venimos de un vuelo de último momento. Venimos acá a acompañar la lucha de nuestros hermanos originarios -dijo al micrófono frente a cientos de personas en la Cumbre.

Durante la tarde en el comedor de su casa, después de contar el secuestro de su hijo, se hizo un silencio. Ella dijo que cuando se enteró de la noticia fue con su familia a la Comisaría 3° de Castelar sur, sobre la Av. Libertador, a preguntar si Gustavo estaba ahí. La policía que la atendió dijo que el nombre de su hijo figuraba con una frase que decía: "A pedido de área" y que no tenía más información sobre él. Otro día volvió y  un oficial le dijo que no podía hacer nada por ella. Que lo siguiera buscando, que la cosa venía mal.

Ella comenzó a ir todos los jueves a Plaza de Mayo a reunirse con otras mujeres que estaban en su misma situación y daban vueltas por la plaza como símbolo de reclamo de sus familiares desaparecidos; con los años se convirtió en Nora Cortiñas: cofundadora de la Asociación Madres de Plaza de Mayo; integrante de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora y doctora honoris causa por la Universidad Libre de Bruselas, Bélgica. Pero eso fue más tarde. 

Antes llegó a ir a Holanda con un grupo de madres a consultar a una vidente que se había hecho famosa por detectar el lugar donde había caído el avión de los rugbiers uruguayos en 1972. Y un día de 1978 se animó a entrar a un terreno extenso que está ubicado sobre otra avenida de Castelar, Blas Parera, donde había una mansión, conocida como Mansión Seré, hoy museo por haber funcionado como un centro clandestino de detención durante la dictadura militar. Pero en ese entonces, ella no sabía nada de lo que sucedía ahí, sólo tenía sospechas de que podían llegar a esconder gente secuestrada. Entonces vio el portón abierto, tomó fuerzas y entró: empezó a golpear las manos, hasta que un hombre de camisa celeste manga corta y peinado con gomina salió de la casona.  

—¿Esta casa se vende? -le preguntó Nora- Quiero poner un hogar de ancianos.

—No señora, vayase -le contestó el hombre.

—¿Y se alquila? -insistió.

—No, váyase por favor.

Ella de paso miraba todo, aunque sólo pudo vislumbrar de la casona marrón una ventana con una manguera. Hasta que se escuchó la voz de otro hombre: "despachá a esta mujer, que se vaya" y no le quedó otra más que dejar el lugar, sin nada a cambio.

El hombre de otro planeta está terminando de hacerle las copias de las llaves a Norita. Ella le pregunta cuánto es, saca la plata de su monedero, toma las copias y se va.

—Esta mujer es importante. Es Madre de Desaparecidos. Hace años que viene acá -me dice con orgullo Omi, dentro de su cerrajería de Castelar. 

Norita ya está a tres cuadras. Va -como siempre- a paso acelerado. Su figura se va achicando, tanto como si la mirara a través del ojo de una cerradura.

 

Foto: Julieta Dorin

Un pueblo de doce personas y una cancha de fútbol

Un pueblo de doce personas y una cancha de fútbol

Volver

Volver