Hija 'e tigra

Hija 'e tigra

1985. Zárate. La tarde dominical de otoño fue la excusa perfecta para que Beatriz se tome el colectivo a otro pueblo de las afueras de Buenos Aires, Campana, y quiera sorprender a su novio Julio con una canasta llena de cosas dulces para ir al río. Ante cada encuentro ella se ponía feliz. Sobre todo desde que había podido comprarse ese terreno con el fruto de su trabajo en la Escuela Técnica N° 2 de Zárate, donde se imaginaba un futuro prometedor con él.

Beatriz tenía 27 años y provenía de una familia tipo. Estaba enamorada, pero no estaba ansiosa por formalizar, como el resto de sus amigas. Prefería seguir disfrutando de su noviazgo con Julio sin grandes ataduras: caminar por la vera del Paraná, contemplar los atardeceres juntos y descubrir sin prisa los placeres del sexo.

Pero esa tarde de domingo, a Beatriz algo le llamó la atención: cuando fue a buscarlo para el paseo por el río, su camioneta, que siempre estaba en el garaje, esta vez estaba en la calle. Le pareció de lo más extraño. Caminó hasta su casa y, en lugar de abrir, tocó el timbre. Julio no aparecía. Empezó a inquietarse cada vez más.

Finalmente, Julio abrió: estaba transpirado, despeinado, en calzoncillos, y balbuceaba. Y no estaba solo. Antes de esbozar una mínima palabra frente a la mirada china y atónita de Beatriz, por detrás se le apareció una chica. También semidesnuda, también transpirada y también despeinada. Era la chica que atendía en la panadería que estaba a la vuelta de lo de Julio. La misma panadería a la que Beatriz iba a comprar cosas dulces para deleitar a su novio en los atardeceres frente al río.

***

Hoy tengo 27, y mi experiencia de soltería es muy diferente a la que viví a mis 19, a mis 21 y a mis 23. Porque ahora, el 95% de mis amigas está de novia, lo que implica que el índice de salidas bajó estrepitosamente. Y el 100% de los chicos que me gustan, mágicamente tienen novia.

Pero en la soltería no todo se trata de salir para encontrar al cómplice de una nueva relación estable. A mis 27, disfruto los momentos del día que realmente me gustan. Las siestas son mi debilidad. Una cena con amigos es más divertido que subirme a los tacos e ir a bailar. Amo cocinar, ordenar y limpiar. Amo vivir sola. 

***

—Le pegué una cachetada. Lo único que me salió cuando vi esa escena fue pegarle.

Me cuesta muchísimo imaginarme a mi mamá lanzando cachetadas, precisamente porque ella es la personificación de la paz. Y me sorprende que recién a esta edad me cuente con lujos de detalle cómo fue que empezó su camino para venirse a vivir más cerca de la Ciudad de Buenos Aires.

Esa tarde, se volvió a Zárate, llorando todo el trayecto. Sus ilusiones, su amor, su alegría. Todo se había derrumbado.

—Che, má, ¿y no pensaste en perdonarlo cuando llegaste a tu casa?

—No, Soli. Ahí me di cuenta de que tenía que ir a buscar mi futuro a otro lado.

—Y con la panadera, ¿qué hiciste? ¿Le llegaste a decir algo?

—No. Ella no tenía nada que ver. El que me engañó fue Julio.

Mi mamá siempre fue una adelantada. Con su alma de pueblo intacta, nada le impidió estar por encima de los cánones sociales que nos imponen a las mujeres.

Quedate con Julio”; “no podés pasar más tiempo soltera”; “perdonalo”, le decían sus amigas. Pero Beatriz, mi mamá, fue tajante: “soy joven, y voy a disfrutar de mi juventud”.

Viajó más cerca de la Ciudad de Buenos Aires. Llegó a Merlo, donde vivía su hermana con sus hijas, todas sub 18.

—¿Y no te jodía ser soltera?

—A mí no me importaba, Soli. Yo estaba feliz porque todos los días me iba a trabajar a la Capital. Tenía capacitaciones permanentes, me compraba toda la ropa que quería, ayudaba a mi papá y a mi mamá, y salía con las chicas. Era feliz. ¿Por qué me tenía que molestar?

***

Cuando llegué al cumpleaños de una gran amiga, todas estaban en pareja y con hijos. Me preguntaron cómo era eso de haberme mudado sola y me felicitaron. Hasta que llegó la estocada:

—Sol, ¿y cuándo vas a dejar de ser solterona?

Esa pregunta absurda –sobre todo teniendo en cuenta de que estamos en el 2016-, me hizo recordar a mi tía Ana con mi mamá. "Betty, Betty. Si seguís así vas a vestir santos", le seguía diciendo dos años después de haber llegado a la ciudad.

El problema con la soltería y con el ser una mujer independiente, es que la sociedad no te lo perdona. Más precisamente, no te lo perdonan algunas mujeres: pueden llegar a hacerte sentir que vos, mujer que vivís sola, estás soltera con casi 30 y no le tenés que rendir cuentas a nadie, te sientas zarpada. Porque a veces, sentir que no pertenecés duele.

Hace unas semanas descubrí eso: que a veces no pertenezco por no tener novio. Y me duele. Pero otras veces me siento tan genial como se sentía mi mamá a sus 27. Siento que algo de ella hizo raíz en mí. El resto, es cotillón.

***

Beatriz era una especie de Pampita de los 80’. Una bomba intelectual y trabajadora. Siempre de punta en blanco: zapatos con taco, haciendo juego con el cinturón y la cartera; ropa en composé, usualmente ceñida al cuerpo; mucho maquillaje y muchos rulos. Cuando esa mañana de verano de 1987 se le trabó el Cospel en la línea A de subte, el flaco se dio cuenta de la bomba y no dudó en ayudarla, mientras el guardia de la estación la dejó pasar por el costadito.

—Claro, cómo no te van a dejar pasar, con esos hermosos ojos que tenés.

El flaco eligió ser romántico: le elogió los ojos. Y Beatriz lo vio de traje, flaco, alto, y hasta confundió sus ojos color café con un color verde esmeralda.

—Lo que hace el amor, hija.

—La verdad, mami.

Así fue como mi mamá se volvió a enamorar. Y esta vez fue de mi papá.

***

Hoy, escribiendo estas líneas en mi mesa, con mi mantel rallado rojo y blanco, en mi departamento decorado estilo hippie con prepaga, reafirmo que el resto es cotillón. Que no está mal si me dan ganas de estar con alguien, compartir mi vida. Que lo que está bien es que tengo que compartir mi vida conmigo, darme este lugar, y disfrutar de este momento. Así como hizo mi mamá. Sí, bien hija ‘e tigra.

—Disfrutá de la juventud, Soli. Todo llega.

—Sí, mami.

Con y sin paz

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Vida de hongos

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