Las chicas sí tocan el bandoneón

Las chicas sí tocan el bandoneón

—Las chicas no tocan ese instrumento. ¿No te gusta el piano o el violín?

El profesor de Costanza Besson no se cansaba de repetirle que el bandoneón era un instrumento para hombres. Ya desde los 14 años, ella reproducía hasta el hartazgo los vinilos de Astor Piazzolla que había en su casa en un pequeño barrio de Rosario, provincia de Santa Fé, a tres horas de Buenos Aires. Siempre escuchaba los tangos por un sonido muy especial: el del bandoneón.

A los 15 años, la edad en que –en general- las chicas piden ropa a la moda, ella pidió un bandoneón. Entre toda su familia juntaron 400 dólares y comenzó a estudiar con un profesor particular, ese que no confiaba en las mujeres.

En los últimos años, si bien el tango ya no está tan latente -salvo en los espacios turísticos- hubo un resurgimiento que ha posibilitado la aparición de nuevos bandoneonistas. Lejos de irse, el tango sigue acá: es miércoles y las luces iluminan el empedrado de la calle Inclán en el barrio de Boedo, Ciudad de Buenos Aires.

En un carrito de metal plegable, con respaldo y tirantes elásticos, que Constanza con 38 años empuja con su mano izquierda, va enganchada la razón por la que eligió cambiar de profesor, mudarse a Buenos Aires y torcer su historia: las chicas sí tocan ese instrumento.

Ella lleva un sobretodo negro. Tiene una larga cabellera castaña oscura, ondulada en las puntas. Comienza el recorrido por los principales restaurants del circuito gastronómico de Boedo, como cada noche, mientras ésta en especial cuenta historia.

—En otros barrios, no tuve el mismo recibimiento. Acá hay una tradición tanguera tremenda y eso se valora: es un barrio muy auténtico.

Costanza es dueña de una parsimonia relajante. Habla lento. Duerme y se levanta con el bandoneón en su mente. Sus días se organizan en función de ello y las horas de práctica diaria pueden durar más de ocho.

—Cuando comencé a profesionalizarme tuve que estudiar 12 horas por día para entrar en ritmo -relata mientras nos acercamos a Roque, el primer restaurant de la noche.

El lugar es pequeño y cálido. En las paredes no cabe una botella más y los mozos se chocan con las mesas que están casi pegadas una al lado de la otra. Uno de ellos, con aires de apurado y arito en la ceja, le dice “hoy está cargada la noche” y acomoda una silla justo al lado de la puerta.

Ella se sienta, coloca las piernas en 90 grados. Saca el bandoneón del estuche y lo acuesta en su regazo con sutil delicadeza.

De a poco, el bar se enmudece. Un susurro se oye en el fondo mientras el rostro de Costanza se vuelve tieso, casi inmóvil: todo lo contrario a su mano izquierda que se mueve fervientemente recorriendo las teclas blancas.

Un arreglo de “Desencuentro” de Roberto “El Polaco” Goyeneche, su clásico “Naranjo en Flor”, fragmentos  de Astor Piazolla y hasta producciones propias recién lucubradas forman parte del repertorio. Su cara no es la única inmóvil. Hay muchas otras pensativas, mirando hacia la nada.

El bandoneón es un instrumento de viento. A fuelle. Es pariente del acordeón. Muchos se lo confunden. Los sonidos dependen de las teclas que se toquen y del aire que ingresa al expandirse su cuerpo: es como una guirnalda que crece o se achica entre los brazos de la bandoneonista.

Son sonidos de pena o lamento que resuenan en el aire.

Al terminar, despliega una tímida sonrisa y pasa la gorra. Los comentarios oscilan entre unas felicitaciones, algún consejo técnico de un músico perdido entre el público, y las caras indiferentes de las mesas de amigos.

En el camino a otro bar, el relato continúa.

—A diferencia de los instrumentos de cuerda, el sonido permanece, se aferra en el aire y permite la búsqueda y el vuelo. Hace 4 años que vivo de esto. Nunca creí que podía mantenerme con el bandoneón. Se suponía que debía seguir una carrera universitaria, pero acá estoy.

Última parada y repite el mismo movimiento cada vez que lo despliega. De repente su cara se torna rígida, revolotea los ojos como buscando un punto fijo, guiña el ojo y se larga de nuevo.

Noche tras noche, hace lo mismo: las chicas sí tocan el bandoneón.

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