Un oficio que no es para cualquiera

Un oficio que no es para cualquiera

El calor de Medellín es pegajoso y roza lo insoportable. Por eso me refugio en la sombra del local de fotocopias de la facultad de periodismo Eafit. De golpe vino a mi mente, la palabra correcta: “chanclas”. Aquí en Colombia, la palabra “ojota” no existe. Es chanclas.

Cuando la periodista colombiana Mary Luz Avendaño me preguntó por teléfono, hace algunos minutos,  que le diga cómo estaba vestido para reconocerme, le dije que llevaba un pantalón corto y blanco, una remera gris y ojotas verdes. Y creo que no entendió lo último.

Aunque ya resalto: soy el único desubicado en ojotas y pantalón corto dentro de una universidad, donde todos van vestidos con ropa liviana, pero con cierta formalidad.

Septiembre de 2014. La organización Reporteros Sin Fronteras indica en un informe que México y Colombia son los países latinoamericanos con más periodistas asesinados. Entre enero de 2000 y septiembre de 2014 fueron asesinados 80 periodistas mexicanos y 56 colombianos. 

Y yo, un periodista argentino, lo leo sentado en una hamaca paraguaya, en una comunidad agroecológica del sur de Ecuador, donde me relajo por unos meses en medio de un extenso viaje de mochilero. Me acostumbré a tener la barba desprolija, el torso desnudo, una dieta vegetariana y la débil promesa de no volver a vivir en una caja de cemento.

Seis meses mas tarde, estaré afeitado, de camisa, entrevistando a periodistas colombianos con una cámara de segunda mano, y buscando el modo de juntar dinero para llegar a México a hacer lo mismo. De ermitaño sediento de naturaleza, me convierto sin escalas en un improvisado documentalista urbano.

¿Cómo hacer periodismo con tanta muerte? ¿Cómo congeniar periodismo y chaleco antibalas? Empiezo a meterme cada vez más, a entrevistar, a darme cuenta que no es joda, que del otro lado del lente de mi cámara se sientan periodistas a quienes quieren borrar del mapa por haber informado o denunciado, que tienen medidas de protección y que deben adaptarse a una nueva vida de rutinas, protocolos, cierta paranoia y guardaespaldas aportados por el Estado.  

De cara angulosa, pelo cortado apenas un poco más abajo de la altura de los hombros y estatura baja, Mary Luz Avendaño sale de entre los vehículos que arden bajo el sol, en el estacionamiento de la Universidad. Lleva una camisa blanca, bien suelta. El chaleco antibalas lo dejó en su casa.  La sigue de cerca un hombre grandote de camisa a cuadros, que me echa una mirada disimulada y se queda a unos metros, bajo un árbol. Nosotros nos sentamos  en un banco cercano, bajo otro árbol. Le explico a Mary Luz los motivos que me han llevado a contactarla.  Otro hombre grandote sale de vaya uno a saber dónde y se sienta junto al primero.

Ella acepta que la filme en la terraza. En ese momento, aprendo la regla que volverá a repetirse con otros periodistas: tanto en Colombia como en México, los custodios están ahí, como pisándote los talones, caminando un par de metros atrás tuyo, pero hay que hacer como que  no están, ignorarlos, simular que todo se desarrolla en un marco de cierta normalidad.  No se presentan, no saludan. Hay que jugar a que son invisibles. Durante la entrevista los perderé de vista hasta volver a verlos juntos, sentados de costado en una mesa más atrás, apareciendo como extras en el plano que le estoy haciendo a Mary Luz.

Ella se refiere a ellos, chistosamente, como sus  “dos maridos”. A pesar de las risas , reconoce que tras regresar a Colombia en 2012, tras un exilio de un año y medio que la llevó por Perú, España e Inglaterra, su vida se partió en dos. Es desde aquel entonces, que el Estado le puso los dos escoltas para que la acompañen a todos lados.  

—La vida diaria es compleja, yo lo que les digo a la gente es, a ver, tengo escoltas, no tengo lepra. Lo que hace es que te excluye, te conviertes en una persona aislada, solitaria, y tienes que vivir con eso.

Ya antes, en 1998, en sus inicios como periodista dice que Dios le puso la prueba más grande de su vida para saber si quería seguir con esta profesión.

Terminamos la entrevista y Mary Luz tiene que entrar a dar su clase de periodismo.

Los tipos grandotes se levantan de la mesa del fondo. Uno se va por la escalera. El de camisa a cuadros se mete con nosotros en el ascensor, aprieta el botón y nos acompaña hasta abajo. El gesto es casi imperceptible, pero creo notar un leve movimiento de cabeza cuando le dirijo un saludo de despedida.

En ese preciso momento, yo me vuelvo un poco invisible y pienso: este oficio no es para cualquiera.

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