Mi mamá me cultiva

Mi mamá me cultiva

Valeria Salech era una ama de casa más. Pero, hace diez años, su vida quedó patas para arriba cuando a los meses de nacer su hijo Emiliano, le diagnosticaron autismo.

Como muchos chicos que padecen esa enfermedad, Emiliano tenía convulsiones. Y no era un solo ataque al día. Podía tener hasta doscientas con una duración de segundos o minutos.

Las visitas a neurólogos y psiquiatras se les hicieron habituales. Los medicamentos para controlar las crisis no daban los resultados esperados. Llegó a tomar 27 pastillas por día. Ella decía que su hijo se había convertido en una especie de conejillos de indias.

–El topiramato era un anticonvulsivo que consumía Emiliano, pero lo ponía agresivo. El neurólogo nos dijo “es normal” y le dio un antipsicótico para evitar que se golpeara– me cuenta en un café del barrio de Balvanera, ciudad de Buenos Aires. Nos ubicamos en una mesa al lado de un ventanal, lo más lejos que pudimos de la puerta. Su largo y negro cabello se confundía con la campera de igual color.

Para noviembre de 2014, una noticia la había dejado pensando. La revista de cultura cannábica THCmostraba en la tapa a Paulina Bobadilla, una mamá chilena, igual a ella, que con un grupo de padres se había organizado para buscar una alternativa para sus hijos con epilepsia, entre otros síndromes y enfermedades.

–Más adelante, con los remedios indicados, Emiliano no tenía convulsiones, pero era un nene que babeaba, que miraba la nada. Estaba dopadísimo– recuerda Valeria.

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En enero de 2016, Valeria tomó la decisión. Se había quedado sin anticonvulsivo, producto de las idas y vueltas que le exigían la obra social y la farmacia. Cansada de esa burocracia estéril que le ponía trabas, se comunicó con un cannabicultor para conseguir el aceite.

En su casa de Parque Patricios, Ciudad de Buenos Aires, Emiliano estaba en el comedor, frente a la televisión. Ella lo miraba. Reflexionaba sobre qué iba a pasar cuando le diera el aceite. La idea de una nueva crisis era más fuerte que el miedo a que su hijo estuviera atontado por el cannabis. Respiró profundo, se acercó a Emiliano y le dio el aceite. Puso debajo de su lengua una gota del tamaño de un granito de arroz, como había leído en la revista de cultura cannábica.

Vigiló la conducta de Emiliano, atenta a cualquier reacción. Pasaron los minutos y como nada la preocupó, fue a la cocina a guardar el dosificador. Desde allí, escucha una carcajada que la sorprendió porque sólo ella y Emiliano estaban en la casa.

–Emiliano se reía como nunca antes se había reído, mirando los dibujitos.

En ese momento, mientras la Pantera Rosa hacía de las suyas, Valeria averiguó más sobre el tema. Contactó a Paulina Bobadilla, la mamá de la portada de THC, quien la puso en contacto con otros padres argentinos que también la habían contactado. Fue así que decidieron crear la ONG Mamá Cultiva, una fundación sin fines de lucro que agrupa a madres de niños con epilepsia refractaria, cáncer y otras patologías que no encontraron mejoría con la medicina tradicional.

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A 6 meses de aquel sábado de enero de 2016 en el que Emiliano probó el aceite de cannabis, ella ya no era una mamá enfermera, sino una mamá cultiva y activista. Y Emiliano, con una dosis baja y regulada, ya no se golpeaba contra las paredes, ni se arrancaba las uñas. Dejó uno de los tres anticonvulsivos que tomaba, aprendió a andar en bicicleta, armar rompecabezas y bailar una de sus bandas favoritas, Kapanga.

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Valeria Salech,

Valeria Salech,

En octubre de 2016, pasado el mediodía, Valeria, espigada, movediza pero con el paso firme, llegó al anexo del Congreso Nacional. Encendió el micrófono y con voz amorosa pero segura, se dirigió a los legisladores de la Comisión de Salud:

–Qué haya valido de algo todo el sufrimiento que pasamos.

Ese fue el comienzo oficial del largo proceso legislativo.

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El 29 de marzo de 2017, su cara está empapada. A través de un canal de noticias veo como las lágrimas se depositan sobre sus oscuras ojeras. No es necesario estar en el Senado para sentir su desahogo. Valeria junto con los demás padres de Mamá Cultiva y otras organizaciones de cannabicultores estallan: el cannabis medicinal es ley.

Si bien el autocultivo aún se encuentra penado, el CONICET y el INTA serán los encargados de proveer cannabis a los laboratorios para la producción de aceite y otros derivados de la planta. Hasta que eso ocurra, el aceite se importará de Estados Unidos, aunque sólo contenga uno de los componentes de la planta y algunos chicos necesitan más de una variedad. El acceso al aceite será sólo con receta y registro previo de los pacientes.

Sin embargo, para las organizaciones de cannabicultores, con Valeria y Mamá Cultiva como estandarte, la ley es insuficiente. Al necesitar plantas con diferentes concentraciones de los componentes activos, continúan sin amparo legal para cultivar en sus casas.

–Mi sueño es el cultivo colectivo. Necesitamos madres. Armar un cultivo con muchas madres y muchos hijos.

Valeria no baja los brazos. En menos de un año, junto con Mamá Cultiva, puso en el centro del debate la legalización del cannabis, algo que las organizaciones de cannabicultores no habían logrado en décadas de trabajo. Su lucha continúa.

–Hay momentos difíciles. Hay recaídas. En estas situaciones me siento frente a la planta y sé que la solución está ahí. No tengo dudas. 

Ni un centavo menos

Ni un centavo menos

Madre e hija

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