Espíritu viajero

Espíritu viajero

La tarde es agradable en Bacalar, un pueblo al sur del Caribe mexicano. En la plaza principal, a metros de una imponente laguna de siete colores, entre los asientos de hierro, los artesanos despliegan sus mesas con sus colgantes de alpaca, anillos de hueso y madera, aretes de plata, pulseras de macramé o engarzado de piedras. 

Nicolás se desentiende por unos minutos de su puesto. Lo noto ofuscado y un tanto molesto. Le propongo que charlemos en otro momento. 

—No. Es que no sé a qué se debe un nuevo ruido en el motor de la “Porota Viajera”.

La “Porota Viejera” es su Citroën 3CV, naranja.

Nicolás es también Guillermo Pinery, un rosarino de 28 años que el 3 de marzo de 2015 dejó atrás la rutina (estudió Comercialización y Ciencias Políticas) para emprender un viaje junto a su novia – Lucía Fernández de 29 – sin tiempos ni mapas, a bordo de su Citroën: corre a 60 kilómetros por hora y fue fabricado dieciséis años antes de que ellos nacieran. 
En Santa Fé, la provincia de Argentina donde vivían, pusieron en marcha su sueño y durante dos años y medio treparon en el mapa por el oeste: atravesaron el norte argentino, y pasaron por Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El salvador y Guatemala hasta llegar al sur de México.

Sin dejar de anudar una pulsera colorida de hilos encerados, Lucía, psicóloga, se incorpora a la entrevista con una sonrisa cálida y se anticipa a mi primera pregunta: 

—Vivir en una ciudad grande, con los nervios de la gente y la inseguridad constante nos impulsó a salir. Por otra parte, creo que hay muchas maneras de vivir; no es solo recibirte, trabajar toda tu vida e irte quince días de vacaciones. 

El vehículo naranja de dos cilindros y cuatro tiempos no sólo es su medio de transporte, sino que también es su hogar: le hicieron una modificación a la parte trasera para poder acostarse los dos. Corrijo: los tres. En Quito adoptaron a Sisa, una gata gris que duerme arriba del auto. Entreabren la puerta trasera, despliegan una tabla con colchonetas y duermen ahí dentro.

—Pero Nico- insisto, casi desconfiando de su testimonio – hay personas que no se conforman con el último modelo de colchón King Size y vos me decís que durmieron más de dos años adentro de un Citröen…

—Uno de los gastos fijos que tenemos los que viajamos es el hospedaje y nosotros nos ahorramos esa plata y la destinamos a otras necesidades.  Armar una carpa todos los días no nos parecía lo más cómodo. 

Para ellos, una de las cosas que les enseña viajar es reinventarse todo el tiempo. En Guatemala, le adhirieron un tráiler con una caja de madera en la que transportan una cocina pequeña, garrafa, utensilios de cocina y víveres. Él no sabía nada de mecánica cuando salió de Santa Fe, y ahora ya desarmó el motor varias veces.

—Viajando, un día estoy reparando un motor; otro día estoy intentando hacer artesanías; otro día estoy aprendiendo a pintar. Hemos hecho de todo, pero actualmente entre las postales del viaje que ofrecemos a voluntad, las pulseras de cobre y los collares que hago, junto con el macramé y las billeteras recicladas que hace Lu, nos bancamos.

Mientras charlamos, un grupo de curiosos rodea a La Porota y la bombardean a fotos de ángulos diversos. Acto seguido, Nicolás esboza una mueca: 

— ¿Ves? Eso es lo mejor que tiene, lo que despierta en la gente. Es un auto súper simpático y además no se produce en ninguno de los países que atravesamos. 

— ¿Y lo peor? –le trato de arruinar la fiesta…
—Que cada tanto se rompe algo y es muy difícil conseguir los repuestos. En Guatemala, le cambié el cigüeñal al motor, que se le partió al medio y tuvo que esperar un mes y medio hasta que le mandaran el repuesto desde Argentina. 


—Dicen los que viajan que nunca vuelve la misma persona que se fue, que inevitablemente uno se transforma, evoluciona. ¿Es realmente así? ¿Qué aprendieron viajando?
—Aprendí a confiar más en la gente, a ser más solidaria. Y a manejar las emociones, los extremos -contesta Lucia, contundente.  

Nico, en cambio, se toma unos segundos, pone los ojos en el cielo, se acaricia la barba y suelta: 

—El viaje, donde tanto lo bueno como lo malo se vive muy intensamente, me enseñó a ser libre. Y por otro lado, aprendí que somos capaces de afrontar y de resolver muchas situaciones adversas que se nos presentan con frecuencia. Viajando estás en constante adaptación, y eso creo que es parte de la naturaleza del ser humano. 

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La Porota Viajera con Nico y Lu.

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