Mamás del Amazonas

Mamás del Amazonas

Hace más de veinte años, cuando la cirujana Magaly Blas estaba en sus primeras clases de la universidad, entendió que no debía identificarse con los pacientes. Esa era la única forma —le explicaron— de no perder la objetividad a la hora de tratarlos.

También —aunque la corrección política impida admitirlo— el analgésico emocional más primario para insistir todos los días: salvar a alguien, hacer la vida de otros un poco más llevadera, fracasar cada tanto. Y aquello nunca fue un problema para ella. Hasta que, en 2011, nació su primera hija.

—Es como si mi cerebro hubiera quedado abierto -dice, sin cursilerías.

Si hasta hace unos años, era capaz de enfrentar el caso más difícil con la misma serenidad que había mostrado en las competencias de natación de su infancia; ahora, no consigue contener las lágrimas frente a los padres de los niños más enfermos.

Una sensibilización semejante hubiera sepultado la carrera de cualquier médico tradicional. Pero, en el caso de esta especialista limeña de voz amable y ojos inquietos, esa debilidad se fue transformando en una obsesión por la salud materno-infantil, que la llevaría a las comunidades más alejadas de la Amazonía peruana.

Y el cambio sería inesperado: iba a estar en cualquier smartphone; en una app capaz de coordinar el trabajo de agentes comunitarios, postas de salud y un barco hospital, sin importar el aislamiento.

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Antes de que nacieran sus hijas y de encabezar “Mamás del río” —un proyecto que busca mejorar la salud materno-infantil en zonas alejadas de la Amazonia— Magaly Blas había entendido que los pacientes solían llegar demasiado tarde a los hospitales.

Por eso, después de terminar sus prácticas de medicina, dejó de lado los consultorios para concentrarse en la investigación y, en 2004, llegó a la Universidad de Washington. Allí, durante cuatro años, se obsesionó con la investigación y el diseño de programas de salud para grandes poblaciones. Pero también aprendió a alimentar sus proyectos con tecnologías de la comunicación y de la información. Aunque, hasta hace poco, renegara de ellas.

—He sido muy reticente en empezar a usar aplicaciones como WhatsApp. Yo no quería vivir pegada al celular -explica Blas.

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Encontrar a una abuela en Parinari es casi una excepción. Y es que la vida, en esta porción de la selva peruana, suele ser un acontecimiento bastante breve.

Como epidemióloga e investigadora especializada en poblaciones vulnerables, Blas se ha acostumbrado a trabajar en lugares donde todo parece un reto. En este distrito rural, por ejemplo, no hay agua potable, desagüe ni electricidad.

Para llegar hasta aquí, hay que viajar al menos seis horas desde Iquitos, la capital del departamento. Primero en auto, hacia la ciudad de Nauta; y después, en una lancha. Cuando un niño se enferma es peor: sus madres deben viajar hasta ocho horas en peque peque —un pequeño bote conocido así por el ruido de su motor— para llevarlo al hospital.

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A fines de 2014, meses antes de iniciar el programa, la investigadora peruana había analizado el impacto del Amazon Hope, un barco hospital con médicos y enfermeros escoceses y peruanos, que navega por las cuencas de los ríos Marañón y Tigre. Esta era la mayor tecnología médica al alcance de muchas poblaciones de la ribera. Y, aunque su capacidad se limitaba a una visita cada dos meses por localidad, su trabajo había resultado irreemplazable durante la última década. La fractura en la atención materno-infantil, se notaba en la lucha aislada de las parteras, movilizadoras y promotores de salud voluntarios de cada lugar.

—La inequidad de estas comunidades con respecto a otras zonas del país era incomparable -dice Blas, una tarde de octubre, en una oficina de la Universidad Peruana Cayetano Heredia.

Aquella certeza la persiguió durante semanas tras su regreso a Lima. Estaba cada vez que dictaba una clase y en la intimidad de su casa. Hasta que empezó a pensar en la tecnología como una posibilidad para resquebrajar el aislamiento.

Su idea, para esa región amazónica, era revolucionaria: crear un sistema que potenciara el capital humano que ya estaba en las comunidades. Con ese mismo grupo de parteras y voluntarios al que nadie parecía prestarle atención. Y que, con una capacitación intensiva y la ayuda de tecnologías de bajo costo, podrían convertirse en sus aliados para reportar alarmas, nuevos embarazos, defunciones y nacimientos a los puestos de salud y el barco médico. Para reaccionar a tiempo frente a las emergencias. Darles alguna posibilidad.

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Así, nació “Mamás del Río”: una aplicación capaz de recopilar datos numéricos, de texto, GPS, fotos, videos y audio, a través de dispositivos Android y enviar esa información a un servidor online —creado con el apoyo de la Universidad de Washington—al que tiene acceso el barco y los centros de salud.

Para que esto funcionara, necesitaban trabajar con comunidades que tuvieran señal de telefonía y el compromiso político para movilizar a las parteras, agentes comunitarios y promotores de salud a los entrenamientos. Por eso, en abril de 2015, empezaron con trece pueblos de la región que se ajustaban a estas condiciones.

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—Con este proyecto estoy persiguiendo mis sueños -dice Magaly Blas.

Hace poco más de dos años, la cirujana de 41 años ganó el premio Elsevier; uno de los más importantes en el ámbito de la investigación científica encabezada por mujeres. En las comunidades donde se implementó su programa se han brindado capacitaciones y equipamiento “para partos limpios”.

Gracias a la app, lograron, además, salvar a diez gestantes que rozaban la muerte; triplicar los controles prenatales en el primer trimestre de embarazo e incrementar del 17,1% al 35,3% los partos en los centros de salud. Conseguir que los recién nacidos tengan DNI en menos de un mes. Lograr que existan para el Estado. Eso, tan elemental, dejó de ser una quimera para 799 mujeres en edad fértil de Parinari.

Y aun así —o justamente por eso— Magaly Blas no está satisfecha. La médica que hace poco veía a WhatsApp como una pérdida de tiempo, ahora, se ha propuesto llevar esta red de salud materno-infantil a más de 100 comunidades de la región, a través de la tecnología satelital. Escalarla, incluso, a las áreas fronterizas de Perú y Colombia.

No importa cuánta energía tenga que dejar en las presentaciones frente a instituciones y empresas privadas para conseguirlo. La resiliencia es algo que ha ido adquiriendo con el tiempo, mientras le cerraban puertas.

—Pero las muertes así, son intolerables -repite.

Sin resignarse, aún, frente a tal desamparo.


Imágenes del archivo de Mamás del Río


*Esta es una adaptación de un texto original publicado en Etiqueta Innovación, Perú, en noviembre de 2016.

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