El hincha

El hincha

Esta es la historia de una chispa que nace en Buenos Aires. Cuando, allá por diciembre del 2001, Argentina estaba, literalmente, en llamas…

Es probable que nadie pueda dar una fecha exacta de cuando nacen los “trapos” como forma de resistencia, pero sí que existen infinidad de ellos que marcan el lugar de pertenencia de quien los flamea; en la política, en el futbol, en los pedidos de justicia, en los recitales.

El país está atravesando una crisis económica que con el tiempo se convertiría en una de las peores de los últimos años. Pero lo que más le importa a Daniel es EL PARTIDO: que el partido no se suspenda por nada del mundo.

Hace años que está esperando este momento: pasaron ya 35 años desde la última vez que su club no sale campeón. Y ni siquiera fue testigo de ello ya que sucedió tres años antes de que él naciera… “No me importa nada”, suelen decir los hinchas en la vida cotidiana y en sus cánticos, cuando se refieren al equipo de sus amores.

Esa tarde, la del 27 de diciembre, cuando los jugadores pisan el césped de la cancha, no les importa nada. “Llenamos dos canchas”, porque no solo no le alcanzaron las tribunas del “Amalfitani”, cedidas por Vélez Sarsfield, sino que además habilitaron “El Cilindro”, para ver en pantalla gigante, en aquel atardecer de diciembre, ese hecho histórico pronto a manifestarse como una epifanía, recordaría Daniel más tarde.

Ahora, Avellaneda está de celeste y blanco. Los bares parecen pequeños estadios con sus “dueños de una pasión” y niños arropados  en camisetas eufóricas. ¿Quién les inculcó esa mística a los pequeños? ¿Cómo llegaron ahí?

—Los hinchas de Racing somos muy particulares -señala Daniel años más tarde- nosotros no somos hinchas irracionales, no se nos va la vida en el triunfo, el empate, o la derrota. A nosotros nos gusta el futbol, y el ritual de ir con el equipo a todos lados es puro placer, no  sufrimiento. Es la misa donde nos encontramos para gozar de ella, y hacer que el estadio lata, tiemble, con el griterío de sus acólitos. Flamear los trapos es ondear la historia, es ventilar nuestro orgullo y nuestro amor.

***

Y entonces, ese diciembre de 2001, se le ocurre algo. Quería lograr que “La Academia” se regara por todo el mundo.

—Nunca en mi vida había festejado. Nunca había expresado la dicha de esa pasión… Tenía que comprar una bandera, y en menos de tres días sacarme una foto con ella en la punta del Corcovado, en Brasil. Entonces, compré la bandera, compré los pasajes, y a los tres días, estaba ahí, sacándome la foto. Y en ese momento, me prometí, que esa bandera me iba a acompañar a todos los lugares del mundo donde vaya.

La lista es larga.

***

El padre de Daniel es cordobés. Sus preferencias futbolísticas son cercanas a Talleres, Belgrano, o cualquier otro club de la provincia mediterránea. Su abuelo no. Su abuelo era socio vitalicio de Independiente, y desde chico lo llevaba a la cancha del rojo.

—Yo me crié en el Barrio Güemes, Avellaneda. A los cinco, seis años, por mis amigos me hice de Racing. Mi abuelo me llevaba a la cancha, pero como yo ya tenía el corazón racinguista, en silencio me limitaba a disfrutar cada vez que su equipo perdía.

  Y sin que le pregunte nada, cierra los ojos y rememora:

—En la época gloriosa que ganaba todo me llevaba al estadio de Independiente. Recuerdo una vez, hacía frio, tanto frio, y no es una cargada, que me llenó de diarios los zapatos, las medias, todo, para evitar la helada. No me olvido nunca más. Independiente-Cruzeiro, semifinal o final de Libertadores. Obvio que ganó el rojo. Pero el frio de ese día,  en esa cancha para mi es inolvidable.

No me da tiempo para que pueda ver en sus ojos, o en sus labios, ningún atisbo de sarcasmo, se tapa la cara con ambas manos y susurra:

—Otro recuerdo es que íbamos a la cancha desde Piñeiro, en un tren paralelo a la avenida Galicia. Cruzaba Pavón haciendo equilibrio sobre los durmientes y yo, que era un nene, veía el abismo bajo la avenida. Era pánico, de ida y vuelta. Pero eso se formó mi temple.

Y ahora sí. Ahora siento en su voz cierta mordacidad, como si me dijera: “entendés de qué amalgama estamos hechos los hinchas de Racing”. Pero no. No lo dice. Me mira pétreo y arquea las cejas. Siento que en cualquier momento pela la bandera y se pone a saltar como poseso.

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La lista es larga.

—Río de Janeiro; El Bernabéu (Madrid); el Nou Camp (Barcelona); Paris, Francia; Wimbledon; Venecia; Orlando; Fox de Iguazú; Puente de Brooklyn; Sucre (Bolivia); Times Squarre; Ushuaia; La Alhambra (España); Ámsterdam; Holanda; Canal de Panamá; Cataratas del Iguazú; Coliseo Romano; Estadio Azteca (México) -y siguen, eh - dice con una sonrisa en los labios y cierto brillo de prestigio en los ojos.

—Cada foto es volver al inicio del rito. Cada foto tiene encuentros con hinchas de Racing, cada foto hace que me vuelva a latir el cuerpo como aquella vez. El fanático es irracional, padece el futbol. Es cabulero. A nosotros nos gusta la épica, la liturgia.

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—Estadio de Chelsea (Londres); Porto (Portugal); Estadio de la Liga Universitaria de Quito (Ecuador); Florianópolis; Fontana de Trevi; Peñón de Gibraltar; el Gran Palase de Bruselas (Bélgica); Lima (Perú); Lisboa; Ecuador; Partenón (Atenas); la represa de Itaipu (Santiago de Chile); Santuario de Fátima (Portugal), sede de Unasur en Quito; Teotihuacán (México).

***

Entonces miro mis hojas de notas, y le pregunto “¿Y con la selección…?”, pero no puedo terminar el párrafo, ni la pregunta. Daniel abre los brazos y dibuja naderías en el aire.

—Con la selección me pasa lo que a todo el mundo. Quiero que gane, pero es una relación extraña por las frustraciones y el comportamiento de algunos jugadores que no se identifican con la camiseta. En el `86 o el `90 era más épico. Y sin que me lo preguntes, claro que cambiaría cualquier resultado a favor de Racing en desmedro de la selección, sin dudas. Y eso que Racing es lo que más me importa, es más, te diría que pocas cosas me importan más que Racing.

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La lista es larga.

Vaticano; Viña del Mar; Bariloche; San Luis; Comodoro Rivadavia; Edimburgo; Estadio Olímpico de Londres; Praga; Puerta de Brandemburgo (Alemania) y… Tierra del Fuego –enfatiza y se queda sin aire. Hasta que recuerda una anécdota en Grecia.

—En el Partenón, diez policías me rodearon exigiéndome que guarde la tela porque allí no se podía sacar fotos con banderas, vaya a saber uno porque. ¿Qué les voy a explicar que con ese gesto lo que hago es exorcizar la mufa de los 35 años? En la cuna del racionalismo, mi acto parece irracional. Pero no es cierto. Todos los dioses griegos abandonan a veces el Panteón y van al “Cilindro”  a alentar -remata.

***

La lista es larga. Sin embargo, hay un lugar donde su bandera no se planta…

—Yo tengo dos hijos. Uno es hincha de Racing… - y su cara se transforma… - el otro es de Independiente…

Se le nublan los ojos. Toma aire y exhala resignación.

—Paradojas de la vida, vio…

 

 

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