Un (paréntesis) en la vida

Un (paréntesis) en la vida

Lunes, 30 de octubre

Hace varias semanas empecé una terapia de programación neurolingüística con Magda, una psicóloga que ya ayudó mucho a una de mis mejores amigas. Hablamos sobre las relaciones que he tenido, y no le costó mucho sacar la siguiente conclusión: «Dices que quieres una relación, pero huyes de los hombres». Además, me dijo que tengo unas expectativas sobre ellos que nadie puede cumplir. Magda trabaja con las afirmaciones, así que desde que comencé la terapia voy repitiendo en mi cabeza una y otra vez algunas frases, para que me ayuden a cambiar mi visión del mundo y a dejar de huir de los pobres hombres, que no me han hecho nada malo, la verdad.

Miércoles, 1 de noviembre

Dejé mi trabajo de profesora hace un año para viajar por ahí, y desde hace varios meses me parece que mi vida es un inmenso paréntesis. Un paréntesis que alguien ensancha y ensancha como un globo hasta reventar, lleno de cosas que en conjunto no parecen muy importantes; si lo fueran, no estarían ahí. Hace poco, Magda me recomendó una afirmación que he repetido en mi mente hasta la saciedad, para ayudarme a cerrar este paréntesis: «Estoy en un proceso de cambios positivos». A veces me lío, y mi subconsciente dice: «Cambios políticos»; me pregunto si será porque Cataluña se ha declarado una república independiente hace unos días.

Ayer tuve una entrevista en Madrid, en una academia de español para extranjeros que lleva un mes abierta. Unos días antes ya había consultado el perfil de Facebook de su directora, gracias al cual pude comprobar que le gusta Albert Rivera y cree que Mariano Rajoy es un blando. Lo primero que hizo la directora fue preguntarme por mi experiencia laboral. Después de permitirme hablar durante varios minutos, comenzó a criticar el método comunicativo de enseñanza de idiomas —en el que yo me he formado—, y ejerció su derecho de jefa a hacer un monólogo sobre cómo enseña ella, por qué sus alumnos están encantados y cómo debe ser un profesor. Dio muchos ejemplos y fue bastante detallada:

—Un profesor debe ayudar a los alumnos a conocer y a entender la cultura del país. Y no debe hablar solo de las cosas malas, aunque eso lo hacen sobre todo los que son muy de izquierdas. Pero eso es porque no han viajado mucho, porque en cuanto sales ves que los demás tampoco son perfectos. Yo admiro a Inglaterra, pero haciendo imperios no nos ganan. ¿Qué hay en la India ahora? Nosotros, en cambio, en quinientos años, ¡mira la cantidad de instituciones que hemos creado!

Este es solo un extracto de su larga intervención. Hacia el final, mostró interés por mi blog de viajes, y me confesó una cosa bastante inquietante: a ella también le gusta escribir

—La gente que escribe es reflexiva— añadió, echándose un piropo a sí misma de forma indirecta.

Seguramente me equivoque al juzgar a la gente, y puede que esta mujer guarde un alma muy sensible en su interior, pero la verdad es que no tengo ninguna gana de trabajar con un ego de tales dimensiones.

Antes de irme, nos dimos la mano y me preguntó cómo se llama mi blog. Le respondí y me prometió, como una amenaza:

—¡Lo miraré!

Jueves, 2 de noviembre

El otro día fui a un restaurante de kebabs cerca de Hospitalet y, mientras esperaba mi shawarma de falafel congelado, me puse a leer un artículo en un periódico. Hablaba sobre unas cuantas librerías que se acaban de abrir en Barcelona, y mencionaba el caso de una que había sido fundada por tres amigos que apenas llegaban a los 30 años. «¿Cómo?», pensé, «¿son más jóvenes que yo, y han montado una librería?». No sé si esto le pasa a más gente, pero desde que cumplí los treinta —hace ya dos años—, me parece que absolutamente todos los seres humanos de veintinueve para abajo son puros bebés (lo gracioso es que cuando yo tenía veintinueve, no sabía que era tan joven).

Y ya, lo que más vergüenza me da reconocer, es que casi, casi me indigna que alguien menor de treinta tenga éxito, monte su propia empresa, se arriesgue. Por ejemplo, que una chica de veintiséis tenga un blog con miles de likes en Facebook y que le paguen por viajar y escribir sobre ciudades. O que un chico de veintisiete monte una librería con sus amigos. Cuando descubro casos así, admito que surge una pregunta en mi mente, como un corcho rebelde que salta a la superficie del mar: «Pero ¿quién le ha dado permiso a este o esta para tener éxito siendo joven? ¿No había que hacer lo que hace todo el mundo, que es estudiar algo que tenga salidas y buscar un trabajo normal y corriente?».

Supongo que en el fondo envidio el arrojo de estas personas. Lo que ya no sé bien cómo tomarme es cuando la gente de mi edad tiene hijos. Hijos. Personitas cuya supervivencia depende totalmente de nosotros. ¿Cómo es realmente ser madre? Porque no me creo ni por un segundo que consista en esa aparente armonía y serena satisfacción que mis amigas y conocidas intentan transmitir con sus fotos y estados de Facebook. ¿Por qué nadie habla de cómo se te queda la vagina después de dar a luz? ¿Se ensancha mucho? ¿O de cómo afecta un hijo a tu relación de pareja? ¿No deberíamos saber estas cosas? ¿No debería alguien avisarnos, por si acaso?

El otro día, Magda me preguntó si me gustaría tener hijos; yo le respondí que sí, y añadí alguna cosa más que no recuerdo. Ella me sonrió, y me preguntó:

—Isabel, ¿tú te das cuenta de las caras que has puesto al hablar de los hijos? Como si estuvieras tomando una horrible medicina, o un veneno.

¿Una horrible medicina o un veneno? ¡Si a mí me encantan los niños!

Viernes, 3 de noviembre

Después de la entrevista con la mujer facha, he venido a Cuenca a ver a mis tíos. A mi tío le encanta hablar, y una cosa que ya me ha repetido varias veces es que todo tiende al desorden.

—Es la segunda ley de la termodinámica: ¡todo tiende al desorden! ¿Ves esta cafetera? Si la dejamos aquí durante cien años, empezará a romperse por su parte más débil, que es el asa. Si la dejamos doscientos años más, acabará de romperse por completo. Es como una casa. ¿A que siempre tenemos que estar ordenando nuestro cuarto, la ropa que nos dejamos por ahí, los cubiertos, los libros…? Si dejamos que los objetos sean libres, ¡se desordenan! Y el capitalismo es la expresión máxima del desorden: exprime los recursos de la Tierra hasta dejarlos hechos una mierda.

Pienso en mi cuerpo y en mi cara; cada vez tengo más arrugas. A veces odio ver mis fotos, especialmente aquellas en las que se me ve más de cerca, porque siempre encuentro ese enorme pliegue debajo de mi ojo —ya no sé si el derecho o el izquierdo—, señal de que la segunda ley de la termodinámica funciona: mi cara se desordena. Pero no es solo mi cara; según mi experiencia, las relaciones también tienden al desorden y a la destrucción.

Sábado, 4 de noviembre

Hace unas semanas vino Rafa a verme a Barcelona. Confesó que la noche anterior no había dormido nada, y que había tomado algo de anfetas. No me gustó oír eso, pero preferí no hacerle preguntas al respecto. Preparó algo rápido de comer y me puso al día de sus proyectos y las historias de su pueblo, moviéndose de un lado a otro de la cocina con su energía habitual.

Desde que lo conozco, me sorprende que alguien de 45 años tenga ese sentido del humor y esa imaginación hiperdesarrollada. En realidad, no conozco a nadie de ninguna edad que sea la mitad de creativo que él.

Hacía un mes que no nos veíamos, y como siempre que nos hemos reencontrado, volví a analizar a este hombre que me ha dado tanto cariño: ¿cuánto me gusta? ¿Realmente es para mí? ¿Tendría hijos con él? Y así hasta que mi cerebro decidió parar en algún momento, de puro cansancio. Al cabo de un rato llegó su amigo, y entre un vinito y otro, los dos se hicieron una raya. Los observé, y se me encogió el estómago. Aquella noche, cuando los dos nos quedamos solos, no me apetecía besarle.

Una vez más, había llegado mi momento estelar, ese momento en el que lo desordeno todo de un zarpazo. Le dije que yo no podría estar con alguien que se drogara.

Ahora me doy cuenta de que en algún rincón de mi cabeza hay un universo paralelo. En este universo hay una Isabel paralela, que corre por unos verdes y perfectos prados, y es absolutamente feliz. ¡No puede ser más feliz! Pero atención, no corre por esos prados sola. De su mano va un buen mozo, lozano, inteligente y con un trabajo respetable, que la ama y al que ella ama también. Y lo más importante de este universo es que aquí todo es mejor que en el mundo real: esa Isabel paralela es más feliz, está más enamorada, su hombre no puede ser más maravilloso, y así con todo, hasta el infinito.

«Eres un misterio para mí», me escribió Rafa ayer de madrugada, cuando volvió de una cena con sus amigos. Desde la tarde en la que le vi drogándose, nuestra relación se ha enfriado. No sé qué hago cuando hablo con los hombres para que no me entiendan.

Lunes, 6 de noviembre

¡Tengo trabajo! ¿Será gracias a haberme repetido decenas de veces que «estoy en un proceso de cambios positivos»? Se ha cerrado el paréntesis que parecía eterno, y he aterrizado de repente en la casa de mis padres, como un pájaro adulto que se choca con un árbol y cae desconcertado en el que era su nido en la infancia.

Esta tarde he hablado con Magda, y al cabo de un rato tenía dos lagrimones salpicándome la cara. Hace ya varias semanas leyó mi blog de entrevistas a mujeres, y me dijo que era «una mina». No le hice mucho caso; creo que incluso me pareció un comentario sospechoso. Hoy hemos hablado de lo que está frenando mi prosperidad económica, y tras ayudar me a relajarme me ha pedido que me visualizara a mí misma.

Me ha hablado de las extrañas creencias que tengo respecto a la riqueza económica, que están sorprendentemente influidas por la ideología de mi tío anticapitalista. Recuerdo que me ha dicho que también hay gente buena que es rica, y a la que pagan por hacer el bien a los demás. Que sí se puede vivir de escribir, y que sí hay gente dispuesta a pagar por lo que yo escriba.

No sé exactamente cómo han funcionado sus palabras, pero su mensaje ha lavado la imagen más profunda que tengo de mí misma, hasta que por fin, después de muchísimos años escondida, la he encontrado. Tal vez sea la consecuencia de salir de un paréntesis.

Cuando me uní a la marea

Cuando me uní a la marea