Cuando me uní a la marea

Cuando me uní a la marea

¿Viste cuando no alcanzan las palabras porque querés salir a la calle a hablarle con el corazón a cada senador, a cada persona de pañuelo celeste? Explicarle que la realidad que ellos critican va a seguir pasando igual… y que ellos están tan atravesados que no se dan cuenta… ¿Acaso conocen su origen? ¿Ninguna mujer de su familia jamás abortó?  (Si, pregunto esto un día después del rechazo que tuvo la ley del aborto en el Senado argentino)

Los años anteriores no fui a ninguna marcha. Andaba con una especie de fobia a las masas… iba a Plaza de Mayo, la plaza principal de Argentina, cada 24 de marzo (Día de la Memoria), pero a las marchas de los 8M (Día Internacional de la Mujer) o a las de #NiUnaMenos jamás.

Estimo que porque ninguna amiga de mi circulo cercano iba y no me animaba a ir sola. Algo un poco absurdo porque amo hacer cosas sola. Pero bueno, a esto me resistía. Me dedicaba a ver fotos por las redes sociales: mujeres con vestidos verdes bailando en la puerta del Congreso, aullando. Las veía empoderadas con sus caras pintadas y sus pañuelos verdes de la Campaña: Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir.

Hasta que llegó el año pasado. Me pasaron una serie de eventos personales que me dieron vuelta un poco -o bastante- el mundo personal… estimo que muchos pasamos por esas etapas que nos hacen frenar un poco y ver qué pasa a nuestro alrededor más cercano: quiénes somos, quién nos rodea, qué queremos ser.

Fui a un colegio católico. Ahí poco y nada se hablaba del tema del aborto. Era más bien tabú. Lo más abierto que pasó, a finales de los 90, fue que por primera vez permitieron seguir cursando a una compañera de 15 años que había quedado embarazada.

A los 17, empecé a tomar pastillas anticonceptivas. Contaba con la recomendación fehaciente de mi ginecóloga, más la alegría de poder compartirlo con mis amigas que también lo hacían. De eso, si que no escuchaba ni una crítica, tuvieron que pasar años para entender que las pastillas nos duermen porque nos cortan las ovulaciones, que generan efectos colaterales tremendos en la salud y que cuando una decide dejar de tomarlas se necesitan años de desintoxicación.

Claro, en su momento fue un gran avance para la sexualidad femenina. Pero hoy, nuestro nivel de conciencia sobre nuestros cuerpos es otro. Una sabia mujer me dijo algo que me marcó: el primer lugar que tenemos que conquistar es nuestro cuerpo.

¿Y cómo podemos, acaso, hacerlo, si no es con información?

Pero volvamos a mis 20 años. A esa edad, empecé a involucrarme en temas sociales y la lucha feminista comenzó a llamar mi atención. Es más, de manera innata, siempre me salía de adentro, cada vez que una mujer me contaba algún problema, alentarla a a ser más de lo que ella jamás pueda imaginar. En ese entonces, no sabía que eso se llamaba feminismo.

Por esos años, comencé a tomar conciencia de las situaciones machistas que vivimos día a día: no solo el acoso callejero, el control, los sueldos dispares, los contextos laborales, las situaciones violentas. También empecé a ver el machismo ejercido por mujeres sin siquiera darse cuenta (incluido el mio); los manejos de ciertas mujeres hacia con otras mujeres muy hirientes; los roles domésticos que traemos naturalizados de nuestras hogares con mamá y papá.

Pero sobre todo empecé a ver la inseguridad femenina en todos los ámbitos. Una inseguridad que después asocié con lo que nos pasa en general: las mujeres hoy en día, de 30 años aproximadamente, estamos viviendo situaciones que nadie nos enseñó, que no tenemos de quién copiar y si, por casualidad, nos cruzamos con alguien a quien admiremos, al tiempo nos damos cuenta que quizás esa mujer es muy masculina en su rol porque claro… ¿¿¿Adivinen qué?? La vida pública la estamos aprendiendo de hombres…

Eso no quiere decir que los hombres sean nuestros enemigos. Al contrario, ojalá todas las mujeres encontremos compañeros amorosos. Ellos también están renaciendo.

Me acuerdo de algo que una vez me dijo la hija de una amiga de mi mamá: Es que las mujeres nos estamos inventando a nosotras mismas.

Guau, dije yo. Era una fiesta por un cumpleaños de 60, y mientras todos cantaban en el karaoke temas de Sandro, de repente estaba hablando con una especie de Simone Beauvoir del conurbano. Para eso ya rondaba 2017. Teníamos 31 ambas. Ninguna de las dos había elegido todavía ser mamá y, que yo sepa, ninguna de las dos tampoco había abortado.

Digo que yo sepa… porque es increíble como el tema salió del closet en Argentina, en este último año. PASAN 41 ABORTOS POR HORA EN NUESTRO PAIS. ALGO NUEVO QUE NO ES NUEVO. SIN EMBARGO, CASI NADIE LO HABLABA. 

Y ni pensar en nuestras ancestras. Ellas apenas podían decir si se habían hecho un aborto, aunque hubiera sido un aborto natural. Callaban. Lloraban en silencio. Guardaban su dolor bajo la llave de su corazón. Así hasta la tumba. Y nosotras ahora somos quienes podemos salir a las calles a aclamarlo por ellas. 

Mientras tanto, me entero que con mi Simone Beauvoir del conurbano tengo otra coincidencia: las dos hicimos terapia. Nos deconstruirnos, nos repensamos.

Y mucho más tarde, un año después, es decir hace dos meses, cuando la Cámara de Diputados del Congreso de la Nación aprobó la media sanción para el tratamiento de la legalización del aborto, en medio de la marea verde de mujeres que esperábamos con expectativa el resultado, me di cuenta que más que dos, éramos millones.

Las que jamás abortamos; las que si; las que tenemos conocidas que lo hicieron; las que no. Sabemos que esto va mucho más allá y que una somos todas.

Nadie nos dijo que iba a ser fácil. Pero lo bueno es que nos vamos encontrando unas a otras en el camino. Nos vemos reflejadas en las caras pintadas.

Si, nos desarmamos, para volver a armamos.

Cada una a sus tiempos: como podemos, cuando podemos.

Pero eso si, cuando ahora me cruzo a una mujer, en la vida cotidiana, que jamás fue a una marcha, le digo…

—No te quedes sola, vení. Vas a ver que somos muchas…

 

 

 

CREDITO DE LA FOTO: MAFIA

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