Bipolaridad, ¿te quiero?

Bipolaridad, ¿te quiero?

El psicólogo me dio la tarea de conquistarme.

Me preguntó hace un tiempo:

— ¿Eres una persona que vale la pena enamorar?

De inmediato, yo pensé dos respuestas:

1) Sí, porque soy atractiva e interesante.

2) No, porque soy bipolar.

Elegí la opción 2.

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Se estima que en Chile hay más de 200 mil personas que viven con bipolaridad y el porcentaje mundial es del 2%.

Estoy en la lista hace 4 años.

Han de saber que esta condición tiene distintas intensidades. Por lo tanto, lo que yo describa no representa lo que otros pacientes sientan. Aunque varios tomemos litio y gracias a esa bendita pastilla –o maldita droga bota pelos- nuestro organismo “ande cuerdo”.

¿Cuando comenzó? No está claro. Tenía 27 años -ahora 31- y un año antes del diagnóstico ya se veían señales. Primer síntoma: mi sueño duraba cuatro horas y siempre me despertaba a las 5 de la mañana con un pensamiento repetitivo en la cabeza. Abrir los ojos era una forma de salvarme de ese tedioso loop onírico donde veía una y otra vez lo mismo. ¡Era enfermante! Mi cerebro no llegaba a la etapa REM y al despertar me invadía la extrañeza y la amargura. Sensaciones que me acompañaban todo el día. Pero lo disimulaba.

Y también podía ocurrir que esa misma semana, pese al mal descanso, anduviera contenta ¿Por qué? No sé. La bipolaridad es un desajuste químico que altera el ánimo y el descanso. Creía que había rejuvenecido. Me dejé llevar. Disfrutar.

—Es como una energía que quiere salir y no sé cómo ocuparla -le dije en su época a alguien cuando estaba experimentando mis primeros cambios intensos de ánimo.

***

Durante el 2015, una nueva relación comenzó en mi vida y la bipolaridad - que aún no sabía que existía para mí- empezó a mostrar su cara: amargura, desgano, insomnio, pesadillas, malestar. Días en que despertaba enojada y me refugiaba en la introspección. Sentía que no pertenecía a ninguna parte. Pensaba, pensaba y pensaba. Este desánimo inquietante lo ocultaba, porque tenía el deber ser institucionalizado en mí.

¿Qué iba a decir la gente si un día me veía feliz y al otro “débil” (mi sinónimo de triste)?

[Te digo algo: se te notaba igual. Quizá siempre has sido freak].

Jamás se me pasó por la cabeza que literalmente yo “estaba para psiquiatra”. Me demoré bastante en llegar a la consulta, pero es común que así sea porque en la sociedad tenemos muchos prejuicios sobre salud mental, lo que conlleva a una peligrosa ignorancia sobre estos cuadros del ánimo.

Así se vuelve difícil detectar señales y pedir ayuda. En mi cabeza, aparecían de forma espontánea escenas donde me lanzaba por un balcón y, sobre todo -esto ya en los peores meses de la depresión-, sentía una pistola en la nuca con una voz interna que me decía que apretara el gatillo para salir de este absurdo.

Pero yo no me quería morir poh.

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Me puse llorar con unos quejidos dramáticos que hace rato tenía en el pecho guardados. Llanto explosivo, característico de la bipolaridad. Era octubre de 2016 y acababa de terminar mi relación confesando infelicidad y mis planes -nada preparados- de irme a vivir a otro país para empezar de cero.

Acabar la relación era una de las cosas que una voz interna me ordenaba hacer. Esa voz decía que yo tenía que atreverme a dejarlo todo y buscar un camino diferente, único. Especial. Cuando fuera despejando el camino, me iba a sentir mejor.

Es verdad que nuestro subconsciente tiene muchas voces y esta que sonaba era como una niña soberbia, ambiciosa y egoísta. Lo peor es que se estaba apoderando de mi mente.

Creí que me sentiría en paz al quedar soltera. Al contrario, la angustia era generalizada y había aumentado durante toda la noche que me pasé en vela llorando con rabia por no entender qué pesaba. Estaba maniática.

A la mañana siguiente, hice el intento de ir a trabajar, pero tenía los ojos inyectados de rojo. Todo mi aspecto era espeluznante. Llevaba dos días sin dormir y apenas hablaba de lo débil que estaba. Quería llorar explosivamente, pero mi ego aún no se rendía. ¿Cómo permitirme el desborde? Había que resistir o tomar una decisión.

Seguían girando en mi mente los pensamientos grandilocuentes que me prometían un futuro glorioso en el extranjero inexistente, pese a perder lo amado. Para acallar ese parloteo tortuoso, otro mecanismo de defensa de mi cerebro empezó a tararear una canción. Era El baile de los que sobran, de la banda chilena ochentera, Los Prisioneros.

La puse en Spotify y me metí a la ducha.

Es otra noche más

De caminar

Es otro fin de mes

Sin novedad

Mis amigos se quedaron, igual que tú

Este año se les acabaron, los juegos, los doce juegos

Únanse al baile, de los que sobran

Nadie nos va a echar de más

Nadie nos quiso ayudar de verdad

No fui a trabajar y ese día me llevaron donde una psiquiatra.

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Las cifras de los 200 mil bipolares en Chile las recoge una nota de octubre 2018 del Diario La Tercera y el título comienza así: “Cómo saber si eres bipolar…” . Si bien la nota se trata sobre el libro “La enfermedad bipolar, una guía para conocerla y enfrentarla”, del psiquiatra Pedro Retamal, debo confesar que el título me molesta. Siento que es sensacionalista.

Como si descubrir el diagnóstico fuera una adivinanza (¿quizá mejor hablar de la falta de médicos psiquiatras en el sistema público, ponte tú?)

Cómo si ser bipolar significara jugar a las cambiaditas: sentirse mal un día, sentirse bien al otro... “Ah, andái bipolar hoy día. Ay, la mina bipolar; el hueón es bipolar” ¿Han dicho ustedes estas frases para describir a una persona que se comporta pendejamente?

Pienso que si a mí me dijeran esto un día, no sé qué haría. Sí puedo decirles que en algún momento de mi vida quisiera sensibilizar esta causa con mi nombre. Sin embargo, aún es difícil para mí aceptar que tengo trastorno afectivo bipolar y creer que en el trabajo me pueden seguir mirando de la misma forma. ¿Todo el mundo nota que me deprimo. No, porque quienes tenemos trastornos del ánimo o de personalidad y vamos al psiquiatra y a la terapia, al final somos capaces de estabilizamos y funcionar en la vida. Es mi caso al menos

Entonces editores y periodistas está bien que se hable del tema, pero ¿realmente desde qué lugar lo están haciendo? ¿sólo por levantar una nota? ¿tienen la intención comunicacional de transmitir lo que es la bipolaridad sin el cliché de la persona a contraluz deprimida o la ludópata en el casino?.

Claramente yo aquí intento transmitir desde un testimonial que es muy por encima de todo lo que este trastorno mal llevado acarrea. Tener bipolaridad ha sido la prueba más difícil de mi vida. Me han roto el corazón, me han pateado y se me murió mi abuelita. Me las lloré todas. Y han sido todos dolores distintos, pero ninguno me botó como la bipolaridad, porque su intensidad responde a algo químico.

Aunque debo admitir que, al mismo tiempo, la enfermedad ha hecho que en terapia me conozca más y me empiece a vincular de mejor forma conmigo y el mundo.

Ojalá este relato sirva para descaricaturizar y quitar presión social a la gente con problemas de salud mental. He leído en entrevistas a especialistas que sus pacientes dejen el tratamiento por el propio sesgo, el prejuicio. Tú no tenías planeado que tener un cuadro psiquiátrico, no lo crees 'normal' y si ya lo admites, te parece injusto. Por eso, espero que este texto sirva para posicionar el tema y acercarlo con naturalidad a la gente y a las familias. Las "enfermedades mentales" son un tabú y esto te aparta. Silencia la realidad. Mi tío era bipolar y se mató, nadie lo entendía por su actuar, estoy segura que está lleno de esas historias.

A veces no hay red socioemocional de apoyo, tienes que hacértela. Y sí, es cierto que puedes caer en la locura si no te tratas, porque no aguantas el desgaste mental ni físico. Pero la biopolaridad es compatible con la vida. Hablar el tema desde este enfoque es lograr identificación constructiva.

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A 4 años de tratamiento tradicional y también holístico, todavía me cuesta aceptar que “tengo algo” y si el sicólogo me pregunta si yo valgo la pena enamorar, me cuesta decir que sí.

Este autoboicot me empieza a molestar, porque lo cierto es que sí podría amarme sin peros, sólo que cada vez que recuerdo que soy bipolar siento más rabia que atracción. Soy demasiado perfeccionista y no: nadie puede enamorarse realmente de una ilusión.

Entonces ¿Qué cosas me enamoran? Diré las buenas, porque mi lado autodestructivo coquetea con lo tóxico. Me enamora bien que me comprendan y me contengan. La risa, los libros. Que me escuchen. Conversar. Que me acompañen. Me enamora que me digan que creen en mí, que les gusta mi aprendizaje de aquí a los 32 años que tengo. Que no soy solo esa voz egocéntrica que ahora suena más bajo. Me gusta oír que me veo mucho mejor que hace 2 años, y eso que nadie -salvo tu pololo que vivía contigo y ni así- te vio tan mal.

Sí, me parece que me debo enamorar de mí y de esta bipolaridad, obvio ¿Cómo quererme así? ¿Y qué importa realmente si vives tu vida con autonomía?

Pensándolo bien, soy buen partido. Desde que acepté la medicación (2 años) y me comprometí con el tratamiento, me ha ido bastante mejor. He apostado por sueños y lo he logrado. Me he ido de vacaciones, he tenido sexo del bueno, HE DORMIDO, he bebido de forma moderada (se puede) y otra vez no tanto (de nuevo sin caña al otro día, poder bipolar). También he ganado más plata, he descubierto que soy hipomaniaca (una versión más abajo que la manía) y súper trabajólica con mis proyectos. Y me he vuelto a deprimir en las estaciones intermedias, pero con un modo mucho más suave y manejable..

¿Para qué sufrir si no hace falta?”, me diría Natalia Lafourcafe.

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Ya para terminar, a periodistas y teóricos de la conspiración que les he oído decir que la bipolaridad es una enfermedad inventada por la industria farmacéutica, no tienen idea de lo que hablan y menos, conocen la empatía. Fundamental para su trabajo.

¿Cómo van a comunicar de salud mental con ese switch?

Estos cuadros requieren ser tratados. Hay que asignar más presupuesto. Insistan por ahí, vayan a reportear a regiones, al campo, a la ciudad y transmitan historias más allá de la separación normal/anormal. Los psiquiatras del sistema de salud mental en Chile están copados y en todo el país hay personas pensando en quitarse la vida. Son personas que se pueden recuperar.

Quienes tengan un/a familiar con problemas de salud mental, puedo agregar que entiendan y acompañen a esa persona.

Si está en una crisis de tristeza, recomiendo los abrazos, no recriminar, incentivar -a su tiempo- a moverse, salir de la cama y si toma medicación, preguntarle si lo hizo. Promover los buenos hábitos (sueño, higiene).

Y lo más importante de todo: buen amor.

La caravana migrante

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