Mujeres crónicas

Mujeres crónicas

Cuando le cuento a alguien, en general ajeno al mundo periodístico-literario, que escribo “crónicas”, me suelen preguntar ¿qué son? Y ahí comienza una especie de clase informal callejera que no sé cuán efectiva termina siendo ya que para comprender el género se necesita paciencia y tiempo, recursos muy codiciados en esta sociedad apurada en la que vivimos.

Hay una definición que le voy a tomar prestada al escritor colombiano Darío Jaramillo que dice así “la crónica es un texto periodístico que utiliza herramientas de la ficción”. Un relato, basado en hechos y datos comprobables, que se narran con recursos de los cuentos o las novelas.

Para lograrlo, primero hay que comprender que las crónicas tienen su propia lógica: no van a la par de la urgencia de las noticias. Necesitan su propio tiempo de maduración. Y tener tiempo favorece a una mayor profundidad en el tratamiento de las historias. Esto se debe a la dedicación que lleva el trabajo de campo: pasar tiempo en los lugares que estamos retratando, generar una relación con las personas involucradas, generar empatía, entender más el tema, chequear y rechequear datos y el broche de oro: escribir sin apuros.

Las temáticas elegidas para esta clase de piezas literarias suelen ser viajes, problemáticas sociales, perfiles o experiencias personales. Oscar Wilde tiene una famosa frase que dice “la verdad es una cuestión de estilo” y me parece atinada citarla ya que en las crónicas se ve plasmada cierta “verdad”, una honestidad personal que no se trata de una verdad absoluta sino del recorte que hace el cronista desde su punto de vista sobre los hechos que cuenta.

Otra famosa definición que completa los dichos de Jaramillo y Wilde es la del cronista mexicano Juan Villoro que define crónica como el ornitorrinco de la prosa: un animal cuyo equilibrio biológico depende de no ser como los siete animales distintos que podría ser. Es decir, que se enriquece de distintos géneros literarios, como la novela, el cuento, el reportaje, la entrevista, el teatro, el ensayo y la autobiografía.

Muchos hombres vengo citando ¿verdad? Eso me pasó a lo largo de estos años de formación y búsqueda de “estilos de escritura”. Y eso que este género, si bien en los últimos años tomó mayor relevancia en Latinoamérica, no es para nada nuevo. El género de la crónica, más parecido a lo que conocemos hoy, se remonta a 1400 con los cronistas de Indias. Otros antecedentes que suelen tomarse se remontan a 1800 con el movimiento literario del realismo francés, posterior al romanticismo. Luego con el costumbrismo en 1890-1910 en Latinoamérica.

En Estados Unidos, el género siguió con los Muckrakers (1914-1918) y la Generación perdida (1918-1930). Otros pioneros de la no-ficción fueron John Jersey con Hiroshima (1945), Rodolfo Walsh, con Operación Masacre (1957) y el movimiento de Nuevo Periodismo de Estados Unidos.

Pero hasta aquí sigo sin hablar de mujeres contadoras de historias. Es que pareciera que para llegar a ellas hay que cruzar un halo de invisibilidad que las recubre. Y una vez que se logra, ahí están ellas.

La famosa escritora británica Virginia Woolf ya había estudiado en 1929 que la falta de mujeres en la literatura se debía a que la mujer para poder escribir libremente necesitaba de “dinero y un cuarto propio”, haciendo referencia a la necesidad de la independencia económica y un lugar tranquilo para pensar como formas de emancipación. En 1949, la escritora francesa Simone de Beauvoir en el apartado de mujer independiente de su libro El segundo sexo vuelve a retomar esta cuestión: existe hoy un elevado número de privilegiadas que encuentran en su profesión una autonomía económica y social. Es de ellas de quienes se trata cuando se plantea la interrogante sobre las posibilidades de la mujer y sobre su porvenir. Por eso, y aunque todavía no constituyan sino una minoría, resulta particularmente interesante estudiar de cerca su situación.

En el libro, ella dice que las mujeres “sabemos describir ambientes y personajes, indicar sutiles relaciones” y lograr que el lector sea “participe en los movimientos secretos de nuestras almas”.

No quiero dejar de nombrar que años antes, en Argentina, tuvimos a una gran referente del periodismo y pionera fundadora de medios que fue Virginia Bolten, primera mujer en dirigir un periódico anarcofeminista en 1910, llamado La voz de la mujer.

Volviendo a la crónica, la famosa escritora ucraniana-brasilera, Clarice Lispector, dio sus primeros pasos escribiendo en un periódico brasilero en los años 40 y llegó a tener una columna, llamada "Entre mujeres". Un recorrido que fue esencial para su carrera, aunque Clarice alguna vez dijo: "No soy periodista, no sé qué es una crónica’" y llegó a bromear con el género: "¿Crónica es relato? ¿Conversación? ¿Resumen de un estado del espíritu?

En estos conceptos de las escritoras, hay varias palabras que se repiten… alma, espíritu, libertad… una observación que me hace acordar a lo que la autora italiana Silvia Federici plantea en su libro el Calibán y la bruja: “venimos de tiempos en los que la racionalizacón capitalista del trabajo impuso destruir el cuerpo como receptáculo de poderes mágicos”.

Como si viniéramos de años en los que escribir más allá de la mente estaba mal visto, como si atravesar por el cuerpo los relatos no fuera aceptado en el mundo intelectual.

Volviendo a la línea cronológica luego del boom Latinoamericano, llegamos al día de hoy, con muchísimas autoras destacadas, como Hebe Huart, Svetlana Aleksiévich, Alma Guillermoprieto, Leila Guerriero, Gabriela Weiner y Josefina Licitra, entre otras. Es que la crónica tiene una cintura que le posibilita adaptarse a todos los tiempos. Una fluctuación que le permite mantener su frescura, día tras día.


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